- FEB. 03, 2010 - Foto - Arte y cultura - EL UNIVERSO
Tomás Eloy Martínez, periodista y escritor argentino que falleció de cáncer.
En abril del 2002, mientras recibía el Premio Alfaguara de Novela de manos de Jesús de Polanco (d).
En el 2006, en la Feria del Libro de Guadalajara, México, junto con los escritores José Saramago (i) y Elena Poniatowska.
Purgatorio, su última obra.
Cuando en junio de 1967 se publicó en Buenos Aires la primera edición de una novela que se titulaba Cien años de soledad, escrita por un no tan conocido autor colombiano, de nombre Gabriel García Márquez, el primero que escribió una elogiosa crítica del libro, en la prensa bonaerense, fue un periodista que por entonces frisaba los treinta años: Tomás Eloy Martínez. Con su sensibilidad afinada por las lecturas y por su propia vocación literaria, este comunicador se dio cuenta de que estaba ante un libro que se convertiría en una obra imprescindible de la narrativa universal. El tiempo le dio la razón.
Con el paso de los años, García Márquez llegó a ser el más importante de los escritores vivos en lengua española, y Martínez, un gran narrador, que hizo de la realidad la materia prima de sus ficciones. De su pluma salieron clásicos como Santa Evita o La novela de Perón, y, recientemente, El cantor de tango y Purgatorio, que fue su último libro. Esta novela habla del horror de la dictadura argentina, un tema que el autor conoció y vivió de cerca.
Tanto García Márquez como Martínez fueron periodistas y ejercieron el oficio con pasión y a tiempo completo. Por ese motivo, cuando Gabo creó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, convidó a Martínez, con quien cultivó una sólida amistad, para que fuera instructor de la institución y compartiera, mediante talleres, sus experiencias con los periodistas más jóvenes.
Sin embargo, a este argentino nunca se le cruzó por la cabeza endilgarse el título de maestro del periodismo –aunque en realidad lo era– e impartir clases en las que el único que hablase fuera él, y los otros estuvieran allí para escuchar, porque total, habían ido para aprender.
Su actitud era la de un compañero. Ni siquiera le gustaba ubicarse frente a los alumnos, sino sentarse, como uno más, en medio del grupo, hablar aspectos puntuales y escuchar. Se preocupaba sinceramente por todos los que estaban en el aula. ¿De qué país eres? ¿Qué trabajo realizas? ¿Cuáles son los temas que te atraen? ¿Cómo piensas enfocar esa historia que me estás contando? eran algunas de las preguntas que solía hacer. Ubicaba su mano en la barbilla y escuchaba con atención. Miraba a su interlocutor fijamente, como queriendo absorber, a través de esa observación, todo el sentido de las palabras.
Fui una de sus talleristas en el seminario ‘Periodismo cultural’ que dictó en Buenos Aires en el 2002. Acababa de obtener el Premio Alfaguara de Novela por su obra El vuelo de la reina, y los estudiantes –éramos quince– queríamos entrevistarlo en exclusiva. Pero él dijo que no estaba en calidad de escritor galardonado, sino de instructor. Y así, a toda petición de entrevista contestó con un cortés no.
A lo que nunca se negó fue a firmar libros. De modo que casi siempre ocupaba los recesos en esa actividad. La mesa en la que se sentaba a tomar café se llenaba poco a poco de libros que los talleristas iban poniendo, a la espera del autógrafo.
En aquella época había recuperado algo de su alegría. Hacía más de dos años, su esposa, la ensayista Susana Rotker, con la que llevaba veinte años de casado, había muerto en un accidente de tránsito mientras cruzaba una calle en Nueva Jersey, Estados Unidos. Iba con Tomás Eloy y él nada pudo hacer por salvarla. También resultó arrollado. Su esposa quedó tendida en la vía. De inmediato pasó otro vehículo y volvió a atropellarla. Su cuerpo no resistió esta doble embestida.
En el 2002, el escritor había descubierto otra vez el amor, al lado de una joven periodista. De ese idilio daba cuenta la primera página de su novela premiada, en la que podía leerse: “Para Gabriela Esquivada, que me enseñó a volar otra vez”. Era 30 años menor que él.Junto con ella, y rodeado de los estudiantes, en una noche de vinos, habló de una diversidad de temas. Predominaron la literatura, el periodismo y Buenos Aires, ciudad de la que se alejó para radicarse en los EE.UU. y a la que siempre volvía, porque, como dice el tango, él “llevaba su alma aferrada a un dulce recuerdo”.
La semana resultó corta. Tantos temas. Tanta buena energía. A todos alentaba para que contaran historias. Para que investigaran, porque el buen periodismo se basa en la investigación, afirmaba. Decía que se podía hacer una investigación de casos de corrupción en las altas esferas del poder político, pero también en el mundo cultural, porque la cultura no está exenta de estas prácticas.
El último día del taller ofreció una especie de regalo de despedida. Quizá las horas de convivencia hicieron que reconsiderara su decisión. Accedió a una entrevista, pero colectiva, en la que todos pudieran preguntar.
La entrevista fue larga y dinámica. Comentó que el intelectual en América Latina había perdido el peso que tenía antes. “No se lo escucha porque el poder es analfabeto. Como es iletrado no lee y a un poder que no lee, la voz del intelectual le resulta inútil”, dijo. Sostuvo que el principal compromiso de un escritor es con su conciencia, con lo que creía y sentía. Y que su literatura obedecía a ese principio. Anotó que con ella exploraba algo que siempre lo sedujo: el delgado límite que existe entre la realidad y la ficción.
Mientras leía su última novela, Purgatorio, pensé que, ciertamente, esa era una constante en su obra. Hoy, que Tomás Eloy Martínez, el maestro, ya no está, entiendo que los escritores no mueren. Que vivirán mientras sus personajes existan en el recuerdo de sus lectores.
“Fue un maestro de periodistas y un escritor de gran categoría. Esa simbiosis de periodista y escritor le permitió tocar temas muy hondos, muy complejos, con una escritura muy amena y capturante”.
Pacho O’Donnell,
HISTORIADOR Y ESCRITOR ARGENTINO