Padre Astudillo, ícono de la obra salesiana, fue despedido ayer

La última vez que habló con el fallecido monseñor Néstor Astudillo fue hace nueve años, recuerda Soraya Angulo. Fue justo antes de que él sufriera el derrame cerebral. “Hija, te dejo todo arreglado”, le dijo en ese entonces el clérigo salesiano.

Ese día Angulo, quien es maestra de la escuela Néstor Astudillo desde hace 20 años, una de las entidades educativas fundadas por el clérigo en 1997, recibió de manos del sacerdote las escrituras de su casa. “El padre ayudaba a los maestros. Primero compraba las viviendas y nosotros le pagábamos poco a poco”, cuenta Angulo, a quien también casó el clérigo, que murió el lunes pasado en la comunidad salesiana del colegio Cristóbal Colón.

Según Angulo, durante el tiempo que ella conoció al sacerdote al menos ayudó a seis profesores de esa misma escuela a obtener una casa.

Y es que su amor y entrega hacia quienes lo necesitaran no tenía límites, pero su servicio en especial era para los pobres. Así lo manifiestan quienes lo conocieron.

Por ello, durante casi veinte años sirvió en Fertisa, en la cooperativa Santiaguito Roldós, en el sur de la ciudad, donde está el plantel que lleva su nombre. Allí, además de dirigir la iglesia Santa Isabel de Hungría, tenía una panadería donde se elaboraba la colación para los niños de la escuela.
 
“Para él era inconcebible que un niño fuera a clases sin desayunar, fue el gestor de la colación,  también daba el almuerzo”, rememora Magola Peñaherrera Astudillo, de 66 años, sobrina del sacerdote, mientras añade que su tío supervisaba que los alimentos llegaran a todos los niños.

Con ella coincide Carlos Tomalá, director de la escuela desde hace ocho años y colaborador del sacerdote desde 1986.

Era incansable, una de las frases que solía repetir era: “Los salesianos siempre deben estar en manga de camisa”, cita que significa que su trabajo debe ser constante, labor que se refleja en las tareas que él mismo desempeñaba, pues no le molestaba preparar mermelada de guineo y  servirla con galletas a los estudiantes, donde enseñaba urbanidad e inglés.

Además creó la escuela Domingo Savio, que primero funcionó en las calles Chávez Franco entre García Moreno y José de Antepara y luego se convirtió en colegio industrial, el que actualmente se ubica en Nicolás Augusto González entre Tulcán y Domingo Savio, así lo recuerdan Luz Béjar, de 58 años, y Marina Flores, de 71, dos ex alumnas de la escuela María Auxiliadora, que también  fundó monseñor Astudillo en 1950.

“Él empezó con los matrimonios colectivos, casó a mis padres”, expresa Béjar.

Mientras Flores recalca que a ella y sus hermanas las llamaba cariñosamente  Las Chicles, porque cuando tenía unos 8 años se le pegaban a la sotana.

Su obra también llegó a los soldados, pues era capellán de las Fuerzas Armadas.

María Espinoza Cabezas, otra ex estudiante de la escuela María Auxiliadora, en su libro Un mar de recuerdos, relata que el sacerdote visitó la Cordillera del Cóndor en 1995, durante el último conflicto bélico con Perú, país vecino del sur.

Allí Astudillo celebró misas con los soldados a quienes llevó alimentos y cigarrillos.

Espinoza también narra en su libro que antes de elegir ser sacerdote el salesiano soñaba con ser militar o médico.

Señala que durante la época de estudiante de Astudillo los profesores salesianos jamás imaginaron que se les uniría en el servicio, pues su conducta no era la mejor.

Una de las anécdotas contadas por Astudillo y que consta en ese texto, fue que cuando estaba en segundo curso del colegio Salesiano de Cuenca se le ocurrió colocar una serpiente en el asiento de uno de sus maestros. Los directivos amenazaron con expulsarlo, pero al mostrar arrepentimiento se le dio otra oportunidad.

Cuando decidió ser sacerdote sus profesores no podían creerlo debido a su inquietud. Esa energía fue lo que lo ayudó a cumplir con su labor, la que empezó en el colegio Cristóbal Colón en 1953 y continuó hasta el final cuando fue a servir a los más pobres en la cooperativa Fertisa, dice Magola Peñaherrera, quien lo acompañó los últimos diez años de vida.

Otra de sus sobrinas, Martha Astudillo,  cuenta que el clérigo de 99 años, era el último sobreviviente de su familia compuesta por once hermanos y que ayudaba además a quienes perdían sus casas en incendios.

Textuales: Dolientes
Vicente Tomalá
Director de escuela
“Es uno de los últimos robles que van cayendo, son pocos los quedan como él”.

Martha Castro
Profesora de religión
“Aún lo veo luchar por la gente más pobre del suburbio, los que perdían sus casas en incendios”.