- AGO. 04, 2009 - Foto - Salud - EL UNIVERSO
Un colega mío en The New York Times, que es triatleta, tenía una pregunta: todos dicen que escuches a tu cuerpo, pero, ¿qué se supone que debas escuchar? No es tan obvio. Deena Kastor, la estadounidense que tiene el récord de maratón, interpreta el consejo de manera selectiva.
“Correr no siempre es cómodo”, dijo. “Recuerdo correr con mucha incomodidad y dolor”. Y, añadió Kastor, también correr cuando no tiene ganas.
“Así que muchas veces suena la alarma en la mañana, y una se dice a sí misma que está demasiado cansada”, señaló. “Hay ocasiones en que uno no se siente motivado, no se siente en su mejor momento y más capaz”. Pero si se ignoran esos mensajes del cuerpo y simplemente se sale a correr o practicar el deporte preferido, anotó, “esos son los días en que nos sentimos más orgullosos”.
“El truco para escuchar a tu cuerpo es saber qué puedes soportar”, dijo. “Si tienes un dolor agudo se debería atender”.
Entonces, ¿escuchar a tu cuerpo significa aprender a comprender la diferencia entre un dolor que indica una lesión grave y uno que puede ser ignorado? Y si es así, ¿por qué atletas como Kastor se lesionan gravemente de cualquier manera?
El año pasado se fracturó el pie a los 5 kilómetros de haber iniciado la maratón en la Olimpiada de Beijing. En esa misma carrera, Paula Radcliffe, que tiene el récord mundial en la maratón femenil, corrió menos que su mejor marca porque su entrenamiento fue interrumpido por una fractura por estrés que la tuvo postrada durante meses.
Quizá el problema es que es difícil comprender lo que el cuerpo está diciendo. “Escuchar al cuerpo siempre es difícil”, indicó Keith Hanson, un entrenador que dirige el Proyecto de Distancia Hansons-Brooks, que recluta corredores de distancia talentosos y los apoya mientras se ejercitan de tiempo completo.
Uno de sus corredores, Brian Sell, estuvo en la Olimpiada de Beijing, y otros son competitivos internacionalmente. “Hay varios dolores y achaques que se pueden soportar”, mencionó Hanson, “y otros que necesitan tiempo de reposo. Siempre trato de seguir una regla clave: si empiezas a cojear –alterando tu modo de andar– después de 10 minutos de correr, entonces es una lesión y no solo un dolor o achaque. Nunca se debería correr con lesiones. Si lo haces, casi siempre se convierten en lesiones de compensación. Lo que empezó como un dolor de tobillo se vuelve un problema de rodilla o cadera”.
Pero en ocasiones aun cuando se tiene un mal presentimiento sobre un dolor repentino, puede ser difícil parar, especialmente durante una carrera. Eso le sucedió a mi amigo Rafael Escandón, investigador de una pequeña compañía de biotecnología en San Francisco. Era 2002, y había decidido correr la Maratón de las Ciudades Gemelas.
Había corrido algunas docenas de maratones antes, así que difícilmente era un principiante. Sabía que el truco era continuar durante esos tramos en que uno se siente mal.
La carrera empezó bien. Escandón había estado entrenando corriendo millas de ocho minutos pero ahora, dijo, iría mucho más rápido, y todo parecía sin esfuerzo. “Todo lo que podía hacer era mantener un ritmo de 7:40, que se sentía como si estuviera gateando”, afirmó.
Luego, después de pasar el punto del kilómetro 27 en la carrera de 42 kilómetros, sintió algo horrible debajo de su pantorrilla izquierda.
“Honestamente se sintió como si alguien hubiera tomado un cuchillo y me hubiera cortado la piel”, dijo. “Me acerqué cojeando a un árbol e intenté estirar mi pantorrilla por unos 10 minutos”.
El dolor empeoró mientras estiraba, y todavía cuando disminuyó mientras no estaba estirando, sentía como si le hubieran cortado. Pero abandonar la carrera no era una opción: Nunca había abandonado una maratón.
Así que, manifestó, cojeó a lo largo de 15 kilómetros y finalmente cruzó la línea de meta. Luego de ducharse, tomó ibuprofeno y se apresuró a ir al aeropuerto para volar a Europa para un viaje de negocios.
Cuando el avión aterrizó, Escandón se levantó de su asiento y, aseguró, inmediatamente “me encegueció el dolor en mi pierna izquierda”. Le dolía tanto que no podía mantenerse en pie. Se levantó, lentamente, “quejándose audiblemente”, dijo, mientras rengueaba hacia su puerta de conexión.
Sudando, con el desfase horario y aún quejándose, levantó sus jeans de la pierna para echar un vistazo a su lesión. “Me quedé consternado por lo que vi”, mencionó.
“La parte media de mi pierna estaba grotescamente cubierta de morado y negro desde la parte inferior de mi pantorrilla hasta mi tobillo, incluida la parte superior del pie”.
Resultó que se había desgarrado el músculo debajo de la pantorrilla. Durante las siguientes semanas el dolor lo despertó en la noche. No pudo correr durante tres meses, e incluso cuando empezó de nuevo lo mejor que pudo hacer por seis meses fue unos cuantos kilómetros en una caminadora.
“Debería haber escuchado a mi cuerpo”, indicó Escandón. “No solo me estaba hablando; me estaba gritando”. Hay otra interpretación de “escuchar a tu cuerpo”. Es la favorecida por Asker Jeukendrup, director del Laboratorio de Desempeño Humano en la Universidad de Birmingham, en Inglaterra, y triatleta.
Escuchar, explicó, significa que se supone que se debe escuchar “información valiosa” y aprender a descartar “otra información negativa que pudiera entrar en sus pensamientos que sea realmente irrelevante”. Descartar, por ejemplo, “algunas inquietudes, algunas sensaciones de fatiga”, dijo.
El objetivo es llevar al cuerpo a sus límites, pero no más allá. Es más fácil decirlo que hacerlo, admitió. Y, añadió, no todos pueden hacerlo.
En realidad, afirmó Tom Fleming, mi entrenador, es improbable que alguien pueda hacerlo. Fleming ganó la Maratón de la Ciudad de Nueva York dos veces y ha entrenado atletas que van desde adolescentes hasta corredores universitarios y clasificados nacionalmente. Sabe de sus días como corredor de distancia competitivo cuán difícil es decidir cuándo desacelerar, cuándo descansar, cuándo presionar más duro a través de la incomodidad o el dolor.
“Nunca escuché a mi cuerpo”, aseguró. “Quizá debería haberlo hecho. Así que pongámoslo en claro: pienso que es una tarea imposible”. Cuando estaba entrenando, enfatizó Fleming, no podía entrenar menos u obligarse a ir más lento. Y, añadió, si uno realmente escucha a su cuerpo, no logrará lo que es capaz de hacer.
Los atletas necesitan a alguien más, un entrenador si es posible, sostuvo, que les diga cuándo descansar, cuándo entrenar relajadamente y cuándo trabajar duro.
Otro de mis colegas en The Times, Charlie Competello, señaló que él trata de interpretar las señales de su cuerpo. Pero lucha, discutiendo consigo mismo sobre lo que su cuerpo está diciéndole. Piensa en sus discusiones internas como un debate entre “Charlie” y “Charles”. Discuten en las mañanas, cuando planea salir a correr.
“Charlie dice: Estoy cansado y no voy a salir”, comentó. “Charles dice: No, no, no, puedes hacerlo. Sal y hazlo”. Regularmente, dijo, Charles gana.
Corre y se siente contento de hacerlo. Sin embargo, esos personajes también discuten en la noche por la comida tentadora, como el pastel. Charles dice: “No lo hagas”. Charlie dice: “Adelante”.
Y, en la noche, Charlie puede ser el ganador. “Por alguna razón, soy una persona mejor en la mañana”, dijo.