A los 15 minutos del segundo tiempo ya sospechábamos que podía ganar Brasil. Es un especialista en liquidar partidos que merece perder por goleada. Lo ha demostrado decenas de veces. Por eso no extrañó en absoluto el afortunado gol de Julio Baptista (la pelota dio en el palo, en la espalda de Cevallos, que se había arrojado bien, y entró). Sin embargo, cuando ya nadie lo esperaba, Cristian Noboa impidió que la injusticia tomara proporciones perversas y clavó el empate. Imposible no mencionar la monumental maniobra previa de Édison Méndez.

Nunca en su historia Ecuador fue tan superior a Brasil. Y en esto hay que sacarle el sombrero al director técnico Sixto Vizuete, cuyo optimismo fue interpretado como triunfalismo. Tenía razón de estar confiado: le pasaron por encima a la verdeamarilla. Muy similar al juego de la cuarta fecha, cuando Uruguay bailoteó a la escuadra de Dunga y perdió.

Un equipo genera una docena de jugadas de gol y termina empatando angustiosamente. ¿Cómo explicar lo que parece inexplicable...?

Publicidad

Es muchísimo más sencillo de lo que aparenta. Primero por Julio César, el mejor arquero del mundo, hoy, junto a Iker Casillas. En una tarde casi tan extraordinaria como frente a Venezuela, el número 1 de Brasil y del Inter tapó hasta el viento y evitó lo que pudo ser un marcador papelonero.

Aquella vez ante la vinotinto tuvo atajadas de asombro y finalmente la verdeamarilla terminó ganando 4-0. ‘Carnaval brasileño’, tituló la prensa, pero no hubo ni cornetas ni papel picado; si ganaba Venezuela estaba perfecto.

LA PROVIDENCIA
Que además de los jugadores de campo que posee, a Brasil le salga un arquero así, es realmente estar bendecido por la Providencia.

Publicidad

Publicidad

La segunda razón es por la carencia de goleadores de Ecuador. Christian Benítez es el atacante más profundo y ambicioso, el más dinámico y preocupante para sus rivales. Pero es un puntero de desequilibrio, no un nueve de área. Lo suyo es por afuera. Y además es un hombre con gol, no un hombre-gol, no tan sutil diferencia.

Felipe Caicedo, en cambio, no es ninguna de las dos cosas. Ha tenido incontables oportunidades y las ha dejado pasar. Inexplicable que el entrenador haya demorado hasta el minuto 91 para decidir el reemplazo de un delantero que no aportó pujanza, movilidad o presencia física. No inquieta nunca. Y cuando le cayó una bola servida, la tiró afuera. Noboa enseñó en unos minutos dónde hay que estar para pescar los rebotes.
Hubiese sido razonable –y atinado– darle minutos a Palacios. No puede hacer menos que Caicedo, y serviría para saber si él sí está para estos trotes.

Publicidad

Guerrón Fútbol Club
El tercer vértice argumentativo de la no victoria corresponde a Joffre Guerrón. Con él en el campo, Ecuador es un equipo de diez más Guerrón. Él no forma parte del conjunto. Parece jugar para el Guerrón Fútbol Club. Siempre hace la personal. Y además elige mal. Una pena porque física y técnicamente es dotado, mas no revela lucidez para decidir la culminación de la jugada. Su cambio también fue demorado en exceso. Ya había estropeado demasiados avances.

Si el resultado genera desencanto, valga decir que la producción futbolística, salvo la puntada final (pequeño detalle) fue magnífica, sólida y convincente.

La Tricolor mostró una personalidad avasallante para jugarle al quíntuple campeón mundial, dominó con autoridad, buscó con paciencia y buen fútbol, hilvanó una carrada de situaciones de gol. Impuso una vez más su exuberante biotipo físico. Aquí le adjudicamos al técnico todo el mérito de haber presentado un equipo impecable táctica, técnica y físicamente. La anécdota es, justamente, cómo no alcanzó la victoria con tamaño desempeño.

Si repite el plato ante Paraguay, este miércoles, debería conseguir los tres puntos. La albirroja bajó notoriamente su nivel ante Uruguay. El triunfo celeste y la notable prestación chilena en Lima hacen pensar que la carrera está terminada. Ni mucho menos, jugando así la esperanza es una llama votiva.

Publicidad