Las palabras de grandes escritores nos acercan a lo que muchos críticos de arte califican de indescifrable. Los misterios de la creación artística están estrechamente ligados a una cualidad propia en todo creador: la del niño que habita perpetuamente en el fondo de su espíritu. "Cuando uno pierde eso, un hombre deja de pertenecer a la raza humana", decía Giovanni Pascoli. Y si no son las palabras, no hay nada más explosivo en la obra de Pablo Picasso que los óleos de sus últimos años, cuando sus líneas parecían haber perdido todo sentido, como garabatos infantiles del que recién empuña un lápiz de color y que pone en el papel no solo lo que ve sino todo lo que siente su inexperto corazón. Las experiencias de la vida y todas sus manifestaciones, buenas y malas, la supuesta madurez que cada uno adquiere con el paso de los años, nunca deben ser el impedimento para que desaparezca esa inocencia primigenia, que nada tiene que ver con la ingenuidad o la candidez. En los artistas, es más una actitud ante la realidad. Nada es tomado como certero, nunca hay una palabra final, siempre hay otra cara en el espejo. Lewis Carroll lo sabía perfectamente cuando creó su Alicia, no para descubrir a los niños un país de las maravillas, sino para hacer caer a los adultos de nuevo en ese mundo, para hacer recobrar a la sofocante Inglaterra victoriana la convulsa humanidad que se escondía en un pozo sin fondo. Es la inocencia que también se transpira en Mark Twain cuando creara su libérrimo Huckleberry Finn, niño-adolescente que navega por el inmenso Misisipi con el negro Jim en una balsa, en busca de tesoros escondidos y aventuras. Cuando Norman Mailer dijo que toda la literatura moderna de EE.UU. sale de esa novela, creo que se refería más al espíritu con el cual Twain hizo su creación. ¿Y cómo podemos adentrarnos en el realismo mágico de Macondo sin sentir esas mismas vibraciones? Uno terminaba de leer Cien años de soledad “con fuego en la mente”, decía el New York Times. “Señor, señor, devuélveme mi antigua inocencia para volver a gozar su amor otra vez desde el principio", escribiría después García Márquez en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. La inocencia en el artista se acerca a todo lo primitivo, lo ancestral, lo que jamás debe perderse. El paraíso tahitiano que Paul Gauguin descubre en sus óleos isleños es el patrimonio más significativo de su obra. Los aborígenes de Bora-Bora nos transmiten un eslabón místico hacia un alma desprovista de las trabas de la civilización occidental. Ellos nos miran con la misma inocencia de los niños de todas las épocas. Con aquella sabiduría que Juan Ramón Jiménez enfocó sus andanzas infantiles con un burro de Moguer en Platero y yo. “¡Qué encanto este de las imaginaciones de la niñez, Platero, que yo no sé si tú tienes o has tenido! Todo va y viene en trueques deleitosos; se mira todo y no se ve, más que como estampa momentánea de la fantasía... Y anda uno semiciego, mirando tanto adentro como afuera, volcando a veces, en la sombra del alma, la carga de imágenes de la vida, o abriendo al sol, como una flor cierta y poniéndola en una orilla verdadera, la poesía que luego nunca más se encuentra, del alma iluminada”. Pie de foto 1: Los inocentes-aborígenes de Paul Gauguin: Mujer tahitiana y niño.













