Irma Vep es algo más que el nombre del filme con el que se inicia el festival Eurocine en Guayaquil. Ya en sus letras el juego comienza a desplegarse para el espectador, si se les cambia el orden se forma la palabra “Vampire” (vampiro). Varias películas en una hora y media de rodaje: una antigua y muda: la original Les Vampires. Otra en chino y de acción: la película real de Cheung que sirve de inspiración al personaje del director René Vidal (Jean-Pierre Leaud); una tercera que está en pleno rodaje: el remake de Les Vampires. Y todavía hay más. Un collar de fantasía que cae de las manos de Cheung se convierte en el trofeo que abre la pauta de otra pequeña historia sugerida dentro del rompecabezas que busca un espectador-armador que lo componga o lo descomponga. Luego de ponerse en la piel del bajo mundo parisino, Maggie despierta y, una vez más, ficción y realidad se mezclan sin solución de continuidad. Todo parece un extraño sueño, solo el espectador ha asistido a esa secuencia que es, seguramente, la película que René Vidal hubiera querido filmar. Assayas dialoga con el espectador sobre el quehacer cinematográfico a través de la puesta en escena, pero también se habla sobre las posturas del cine francés y hollywoodense actual.
La tarea es rehacer lo que no está roto, otorgándole un nuevo nivel cuando, precisamente, nos dedicamos a destruir lo conocido y caemos en un mundo inexplorado. Y es que el cine depende demasiado de sí mismo y sus predecesores, y parece no hallar nuevas fórmulas de exploración, condenado, para toda la eternidad, a que cada película beba de otra en una constante pero inútil renovación.

















