Como ustedes saben, los griegos interrumpían sus guerras para celebrar los juegos olímpicos. No creo que se haya dado el caso de que el rey de Tebas o la asamblea de Atenas se hayan negado a suspender un conflicto armado con el pretexto de que “no hay que mezclar los deportes con la política”. El hecho de detener un enfrentamiento bélico por causa de unos juegos demostraba que el deporte era, desde esos tiempos, un fenómeno político. Si no se mezcla la política con el deporte, tampoco se debe mezclar el deporte con la política. Esto solo lo niegan los interesados en hacer negocios deportivos a toda costa o los gobiernos que buscan tapar sus desaciertos y crímenes con fastos olímpicos.
Ya en la modernidad se excluyó de la mayor parte de competencias internacionales al régimen racista de Sudáfrica. La humanidad aplaudió esa medida basada en una causa evidentemente política. Todos, todos, los juegos olímpicos o campeonatos mundiales de los principales deportes han sido utilizados políticamente por el gobierno correspondiente para mostrar sus logros. Los Juegos Olímpicos de Beijing este año no serán una excepción, todo lo contrario.
China dista mucho, muchísimo, de ser un país políticamente aceptable. Su gobierno es una dictadura que ha ahogado en sangre toda disidencia y que todavía tiene las manos manchadas por la masacre de Tien An Men. En este año que con tanto entusiasmo se celebra el cuadragésimo aniversario del mayo de 68 de París, sería bueno que los alegres conmemoradores vuelvan su vista al movimiento estudiantil chino que puso el pecho ante los tanques de guerra. Y si los jerarcas chinos tuviesen espíritu olímpico decretarían una tregua en la guerra colonial que libran en el Tíbet mientras duran los juegos.
La idiota dictadura de Myanmar que, pese a que su país ha sido barrido por un espantoso tifón, se negaba a permitir el ingreso de voluntarios extranjeros, se mantiene en el poder gracias a la ayuda y al reconocimiento de China. Lo propio se puede decir del gobierno de Sudán, empeñado en el genocidio de Darfur. Y, por supuesto, está el apoyo al gobierno de Kim Son Il en Corea del Norte, que con furor construye armas nucleares mientras mata de hambre a su pueblo. Libre comercio para el gobierno chino significa vender armas al que asome, llámese Robert Mugabe, el grotesco gobernante de Zimbabwe, o los talibanes de Afganistán. Casi no hay causa “mala” que no cuente con el apoyo pequinés.
Por otra parte, la actitud Beijing no es amistosa en muchos frentes.
Recientemente las redes informáticas de varias potencias occidentales sufrieron ataques, que casi con seguridad provenían de los servicios chinos especializados en guerra electrónica. En fin, las razones por las cuales China no puede ser tratada como un país en el que “no pasa nada” son múltiples. La posibilidad de un boicot de los Juegos Olímpicos venideros parece entonces cada vez más legítima y debe ser considerada por los gobiernos de espíritu democrático… Tranquilos, atletas ecuatorianos, estoy convocando a los gobiernos de espíritu democrático.