Reflexionar con ánimo crítico en premios adjudicados puede resultar controversial y arriesgado, porque es ingenuo pensar que una presea otorgada a un artista sirva para situar definitivamente su obra en la galería de los maestros y creadores del arte ecuatoriano. Basta revisar los archivos de largas listas de agraciados con premios de renombres como el Mariano Aguilera, Revelación, la Bienal de Cuenca, el Salón de Julio, el Salón de Octubre, para quienes en la mayoría de casos no son recordados ni por sus amigos; para darnos cuenta de lo efímero y banal que a veces resulta otorgar un premio.

Lo trágico no radica esencialmente en los artistas escogidos, ni en los rechazados que ahora son muchos por la implacable selección que está de moda por expertos, pues mientras existan premios siempre habrá artistas –y buenos– que se queden sin estos; sino en la labor de jurados, de admitir, seleccionar y discernirlos, ya que a menudo más que para otorgar un premio se reúnen para negárselo a alguien. Pecaríamos de ingenuos en cuanto a premios, que todo está como debería estar. No están todos los que son, ni son todos los que están.
Hay muchos artistas que han legado magníficas obras y siguen en el sitial que les corresponde sin haber recibido nada.

Todos los premios tienen como obra de apreciación humana un componente de injusticia, porque todavía no se ha inventado un detector infalible para determinar con exactitud cuál obra reúne todos los requisitos para ser considerada digna de mención, sin temor a equivocarnos. Apresuradamente podríamos pensar que el responsable absoluto de esta situación es el jurado, figura, en la mayoría de casos, inexperta que en muchas ocasiones inclina el pulgar indebidamente para precipitar al abismo al que por méritos debió triunfar en un concurso. Sin embargo, deberíamos preguntarnos, ¿quiénes escogen los jurados? Bastaría con cambiar a uno solo de ellos para que el fallo a dictaminar fuera diferente.

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A menudo sucede que las personas designadas para dictaminar resultados de concursos, no están capacitadas con una secuencia intelectual probada; sino solo suenan por sus nombres en determinado ámbito, ajeno a lo que es actividad pictórica o artística propiamente dicha. Con esto me refiero a los jurados nacionales y extranjeros. Todos tenemos nuestra opinión como seres pensantes, pero el análisis desprejuiciado con instrumentos eficazmente probados, objetivos, imparciales, éticos, que requiere del estudio sistemático del conocimiento del tema, y del contexto; es lo que se exige de un jurado de admisión y de premiación.