En todo caso eso es lo que resulta más interesante, la reacción que generan en el espectador las obras que presenta la Bienal regadas en múltiples espacios urbanos de la bellísima Cuenca, porque algunas provocan aceptación, otras rechazo, pero ninguna nos deja indiferentes; todas de alguna manera nos hablan de búsquedas, de caminos, de vueltas sin retorno, de una dictadura de la imaginación y del arriesgarse a explorar lo desconocido, de intentar nuevas cosas o de buscar en lo viejo lo no dicho, una mirada distinta como aquel “triciclo nómada” del peruano Ismael Randall-Weeks en donde reflexionamos sobre cómo un instrumento de trabajo puede convertirse también en un lugar para vivir, soñar y morir.

Algo que suscitó polémica fue el rechazo por el Municipio de Cuenca de una valla de un autor ecuatoriano en el que se mostraban dos varones en un lecho sugiriendo el amor homosexual. Realmente escandaliza que en tiempos posmodernos y globalizados cuando la sociedad acepta con tolerancia las minorías sexuales, todavía exista este tipo de discriminación y más en el arte que es siempre apertura, exploración.
Ya lo dijeron algunos jóvenes cuencanos lo “único prohibido es prohibir”.

De la Bienal se pueden dar múltiples lecturas y apreciaciones, como la de Velarde, que dice que el arte contemporáneo lo aburre, o como los de La Limpia, que se muestran entusiasmados con este tipo de búsquedas actuales; pero lo que sí es seguro es que también nosotros no sentimos observados por estas manifestaciones, como es el caso de la obra Panóptico, de Néstor Otero, en la que múltiples espejos-ojos nos miran, haciéndonos ver que en la actualidad no existe el espacio privado; nos miran y somos mirados.

En todo caso el evento de arte plástico más relevante y significativo del país cumple con su tarea de ser una ventana al mundo artístico  a nivel nacional e internacional, y de suscitar, confrontar, polemizar, asombrar y educar al público en las nuevas tendencias y búsquedas del hecho estético. Una muestra que recomiendo visitar.