Gustav Holst, con Los planetas (1917), se muestra más sombrío desde el inicio. Un compás obsesivo de 5/4 podría recordarnos el obstinado ritmo que Ravel, en su Bolero, repitió 169 veces de un modo progresivo, creciendo hasta la explosión del disonante acorde final.
Holst era muy aficionado a la astrología, preparaba horóscopos para sus amigos. Sin embargo, la obra presenta más bien las características que se suelen prestar a las divinidades griegas. Marte representa la guerra, lo que pudo tomar por sorpresa al público el pasado viernes, en el Teatro Centro de Arte, pues Davit Harutyunyan desató desde el inicio aquella página violenta donde se impone la plena potencia de la orquesta.
Siendo música de programa por excelencia, no debe extrañarnos que fue tomada como fondo para un sinnúmero de películas. La imaginó muy bien acompañando guerras despiadadas en lejanas galaxias. Venus, en cambio, representa la paz: tiempo lento, mágico, de gran suavidad. Mercurio es el mensajero de los dioses, llevando sandalias con alas: cuerdas ligeras en sordina, contraste sensual entre maderas y violonchelos.
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La orquesta tuvo momentos de suma inspiración, como cuando los seis cornos desplegaron su imponente sonoridad con las cuatro flautas, o cuando los violines golpeaban las cuerdas con la madera del arco incrementando el carácter belicoso del primer movimiento.
Lo que cautiva en la obra es aquella sutileza y a la vez energía en los contrastes. Holst quería una gran formación sinfónica “large orchestra”. Incluso, pedía arpa, corno inglés, flauta baja, celesta.
Aquella música que oscila entre la paz y la tensión extrema, el fortísimo y el casi silencio, impresiona siempre a los oyentes. No es de extrañarse si en el fragor de la batalla, Davit soltó su batuta, la que se fue a caer en la segunda fila de butacas.
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La parte que corresponde a Urano comienza con cuatro notas que se convierten en danza, van creciendo hasta que el arpa, con dulzura, imponga nuevamente el tema inicial. El final endemoniado recuerda de un modo absoluto El aprendiz de brujo, de Paul Dukas. La orquesta da su plena capacidad, llega al delirio sonoro.
Personalmente me quedé embrujado por el último movimiento dedicado a Neptuno. La primera vez que escuché la obra de Holst, en París, el coro se encontraba fuera del escenario: el ambiente se volvía más irreal todavía. El coro femenino de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil impresionó vocalizando, convirtiendo las voces en virtuales instrumentos cuya intensidad iba poco a poco esfumándose.
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Salí del Teatro Centro de Arte con una extraña sensación de paz e inquietud al mismo tiempo. Dedicado al Día de la Tierra, con proyección de mensajes ecológicos, el concierto acertó al elegir la profética obra de Holst.
En pocas palabras, oímos una obra que nos habló de lo efímero, la temporalidad nuestra, lo eterno como posible consuelo. La prestación de la orquesta, con su despliegue de matices, resultó muy acertada, la conducción de Harutyunyan apasionada y lúcida a la vez.


















