La artista guayaquileña Larissa Marangoni expone en la galería Mirador de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil.
UNAS PIERNAS FEMENINAS son objeto de deseo. Aparecen en la publicidad. Incitan a la seducción. Son miradas. Una mirada que siempre hace otro. Un otro. ¿Pero qué pasa cuando es ella quien contempla sus propias piernas? ¿Cuando ensaya una automirada?
La instalación Mi espacio vacío, de la escultora guayaquileña Larissa Marangoni Bertini, nace de esa indagación, de esa autoexploración. De una fotografía que tomó a sus extremidades y que la llevó a reflexionar sobre el espacio vacío que se halla entre una pierna y otra y sobre sus significados.
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Lo que hubo fue un conjunto de sensaciones que tomaron cuerpo en una instalación, que ahora exhibe en la galería Mirador de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil (avenida Carlos Julio Arosemena). O, por lo menos, refiere la artista, trató de corporizar, de atrapar aquellas sensaciones. Sabe que estas difícilmente alcanzan a materializarse en su totalidad. Es como si el lenguaje y la forma fueran siempre un paso atrás del sentimiento; pero, en cambio, fueran capaces, a su vez, de generar otras nuevas emociones.
Una armazón de plywood de forma curva, con dos aberturas: una al frente y otra atrás, demarca la instalación. Y en su interior lo que se puede interpretar, según el ojo de quien lo mire, como dos piernas, como dos tótems o como una pareja. Es madera pintada de blanco, un blanco que se extiende a toda la obra y se intensifica con las luces, también blancas, que forman parte de la propuesta.
Quizá la primera inquietud que invada al espectador al llegar a la galería Mirador es preguntarse dónde está la exposición. Habituados a ver exhibiciones con algunas obras, esta se distingue por tener una. Y el blanco de la obra se conjuga con el blanco de las paredes de la galería. Al ingresar podría sentirse que se arriba a una capilla y al acercarse a la instalación y mirar hacia el interior por una de las aberturas, experimentar que se está ante un altar (hay un blanco inmaculado que transmite tranquilidad, paz). O quizá ante un gran útero. Tibio. Acogedor. Ante una vulva. Ante un misterio . O talvez en un quirófano o en la sala de un psiquiátrico.
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Si se mira desde lejos, la forma que uno cree adivinar es la de una trompa de Falopio. El sentido, finalmente, lo pone el espectador.
Las obras de Marangoni casi siempre parten de una experiencia personal. En ese sentido son una especie de autobiografía tridimensional. El abordaje que hace es dintinto. Dice que durante el proceso de elaboración y después de él, llora. Así cierra ciclos, por lo cual su obra solo la presenta en el espacio para el que fue ideada.

















