El Ecuador, como todas las semanas, por no decir como todos los días, está convulsionado, por uno más de los 52 paros que lo azotan cada año, y que se agravan cuando –como ocurre ahora– saben que están ante un Gobierno extremadamente débil que carece en absoluto de experiencia política y al cual, para su desgracia –pero una desgracia de su exclusiva responsabilidad– hasta su propio Ministro de Gobierno le hacía oposición, o dicho de mejor manera, era el único que se le oponía, pues si los partidos políticos lo hubieran hecho, hace rato que el Presidente no sería tal. Gracias a Dios que así haya ocurrido en un país que parece de caricatura. Pero de una fea caricatura, nada agradable ni divertida.

Déjenme, mis amigos, expresar mi asombro porque el mencionado ministro haya estado tanto tiempo en el ejercicio de esa cartera –es más propio decir nombrado y posesionado de esa cartera porque de ejercerla no la ejerció nunca– pues, nadie sabe lo que aportó en beneficio del Gobierno, y a ningún régimen le conviene –y menos a este, por su fragilidad– tener vacante como ha estado el Ministerio de la política. ¿Será que el Presidente pensaba que teniendo a Castillo podía negociar con el Congreso diciendo me deshago del premier para darte gusto pero a cambio tú me das esto otro? ¿Algo como el do ut des de los romanos aplicado a los asuntos públicos?

A quienes están inmersos en la práctica política, a los partidos, a los candidatos a cualquier dignidad, a todos los que queremos que este país cambie, no nos conviene que el Gobierno termine intempestivamente y vuelva el desastre antidemocrático que lo impulsó el coronel-presidente en los últimos años, de tal manera que si Alfredo Palacio se empeña y busca un buen ministro de Gobierno que lo ayude a navegar en este mar embravecido durante los nueve meses y días que restan para llegar al 15 de enero del 2007, es posible que los nuevos sobresaltos solo sean aquellos que acompañan a toda campaña electoral.

Pero debemos decir con firmeza y con absoluta claridad, que la percepción o la certeza de que el Gobierno padece de paludismo político no da derecho ni justifica que grupos, que pretenden desestabilizar nuestra raquítica democracia, se ensañen reclamando cosas de tipo técnico que la mayoría de los reclamantes ignoran, como la no suscripción del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos o la caducidad del contrato de explotación petrolera con la empresa Occidental, cuyas vigencias deben ser examinadas desapasionadamente con argumentos de naturaleza comercial y jurídica, mas no con afiebrados argumentos políticos.

Lamentablemente la Conaie se empeña en levantar a un moribundo con este tipo de recursos, pero esa es la actitud repetida y dañina, en los años recientes de nuestros líderes políticos. ¿Tendremos la decisión y lucidez suficientes para cambiar la historia en octubre del 2006?