En Europa, el papel de jefe del hogar no recae ya exclusivamente en el hombre, como todavía sucede con frecuencia en nuestro medio. Tampoco los ingresos del hombre son siempre superiores a los de la mujer, ni son los varones los que acaparan los ascensos y las mejores colocaciones. Enfrentados a esa distinta realidad, los emigrantes y las emigrantes deben adaptarse, algo que no siempre se realiza sin conflictos personales.
Ojalá que estas conclusiones se difundiesen con la mayor amplitud, no solo para que los futuros emigrantes (sobre todo las mujeres) conozcan mejor la realidad que les tocará encarar en su país de adopción, sino también para que cobremos conciencia los ecuatorianos de que si bien hemos avanzado en mejorar el estatus de la mujer, todavía falta mucho para poner fin a la discriminación. En la academia universitaria y el medio político, la tradicional segregación de los géneros ha cedido terreno, es cierto, pero en la oficina, la fábrica, los avisos publicitarios, el barrio o el hogar, todavía nos toca mucho camino por andar.


















