Domingo 01 de enero del 2006 Libros

Intriga, política y metáfora en una obra

QUITO | Javier Ponce, para EL UNIVERSO

‘Cinturón de fuego’, de Juan Manuel Rodríguez

El escritor  elabora con cuidado unos pocos  personajes que van a constituirse en las claves del desarrollo novelístico.

El libro   Cinturón de fuego inicia  como una clásica novela policial en el mejor estilo de Raymond Chandler o Dashiel Hammett, con un detective de carne y hueso, sobre todo de carne. El detective Salmerón, que evoca en un crucero su historia, trunca con una ejecutiva madrileña para convertirse, en la medida en que transcurren los capítulos, en una novela política y una sarcástica crítica al ejercicio corrupto del poder, en un país con marimba, que bien puede ser el Ecuador.

Más de un episodio –algunos, incluso, marginales al relato como el industrial que simuló la explosión de su fábrica- o las referencias explícitas a un cura que escapó del país con un botín reunido en las aduanas, la quiebra del sistema financiero, el Palacio de Gobierno habitado por fantasmas o un conscripto aparecido en las jaulas de los leones de un zoológico militar, recuerdan la reciente historia del país.

Es el último relato de Juan Manuel Rodríguez, un escritor que nació en Bilbao, pero que ha vivido desde hace décadas en el Ecuador y que en 1980 adoptó la nacionalidad ecuatoriana, por lo que tiene su lugar dentro de la novelística madura del país.

Antes de Cinturón de fuego, editada por Libri Mundi, Rodríguez publicó tres libros de cuentos Fricciones  (Premio Aurelio Espinosa Pólit en 1990), El mar y la muralla y Algunas compras y otros encargos;  y las novelas Jorma y el predicador (1982), El espantapájaros (1986), Hombre de cenizas (1990), El pulso de la nada (1996), El pez perfume (2003) y El poder de los vencidos (2003).

El detective Salmerón se ha embarcado en un crucero para seguir los pasos de un vasco que comercia con armas en América Latina. Pero a las pocas páginas, el crucero va a truncarse, cuando un grupo de los turistas es secuestrado, entre ellos el hombre de Salmerón.

Por tanto, la trama detectivesca y el drama del rapto van a enlazarse en una historia que se teje con un tercera situación: una inusitada tempestad solar que acabará desquiciando un régimen político corrupto, en el marco de una narración que recuerda el realismo mágico latinoamericano.

Así describe Rodríguez esa agonía pintoresca del país: “Al cabo de unas semanas, la ciudad capital enfermaba sin remedio a pesar de las cirugías que se realizaban para revivirla con banderas almidonadas, friegas de pintura en las fachadas, decretos, campañas de limpieza, mingas populares, reuniones de eficiencia y competitividad, comisiones, remiendos y cataplasmas”.

Rodríguez construye con cuidado unos pocos personajes que van a constituirse en las claves del desarrollo novelístico, tanto de la intriga como de las situaciones  que provocan el secuestro,  al tiempo que son seres emblemáticos de comportamientos humanos en situaciones extremas: la solidaridad, la traición, la sospecha, la venganza, la ternura, el perdón, el liderazgo, el miedo, los delirios y la imaginación que afloran por instinto de conservación o para escapar del enclaustramiento, ese límite en el que las personas   dejan al desnudo su historia pasada y sus sentimientos.

Ninguno de los tres ingredientes que hemos señalado: la intriga detectivesca, las entrañas de un secuestro y las peripecias de una sociedad y un Estado sujetos a una devastadora tempestad solar, aparecen en la novela de Juan Manuel Rodríguez como un pretexto novelesco para dar paso a un relato político o a un episodio típico de una región desestabilizada por la presencia de guerrillas. Los tres elementos tienen su propio y cabal desarrollo, hasta conjugarse  en un mismo desenlace.

Y al cerrar sus páginas,  Cinturón de fuego dejará un solo cabo suelto: el necesario para que la novela acabe siendo la narración de un vertiginoso acontecer humano que transformó a sus protagonistas.

Al final, el detective, en el mejor estilo de Raymond Chandler o Dashiell Hammett, habrá llegado al corazón del drama, no por la perspicacia de aquellos clásicos detectives de los orígenes del género policial como la de un Hércules Poirot (de Agatha Christie), que resuelven hasta los más intrincados episodios, sino por haber pasado del frío papel de observador y constructor de hipótesis, a ser protagonista del suceso para cuyo desvelamiento alguien lo contrató.

 


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