La partida de un primer grupo en 1996 desencadenó el éxodo de tíos, hermanos, primos y sobrinos.
Un viernes, víspera del fin de año de 1996, en la apacible localidad manabita de San Vicente. Enrique Zambrano y su primo Armando Álvarez departían junto a una mesa de madera, rectangular y larga. La conversación versaba sobre la crisis y los problemas económicos a los que se enfrentaban porque sus negocios no marchaban bien. De pronto, en tan solo un minuto, decidieron viajar a España para probar suerte.
Todo fue muy rápido porque el martes siguiente Enrique, su esposa Dioselina y Humberto llegaban al aeropuerto de Barajas en Madrid. Los tres nunca imaginaron que estaban abriendo la puerta al éxodo de casi toda su familia.
“Ahora estamos aquí unos 225, entre hermanos, cuñados, concuñados, primos, suegros, hijos, nueras y sobrinos”, dice Zambrano, convertido ahora en un exitoso empresario.
Recuerda que al comienzo las cosas no fueron tan sencillas. Cuando llegaron a Madrid lo único que les querían alquilar para vivir eran las conocidas “camas calientes”, exclusivamente para pasar la noche.
“Estuvimos unos días en Madrid, pero además del problema de vivienda, extrañábamos el mar. Por eso decidimos viajar a Barcelona”, señala.
Una vez en Barcelona, los tres alquilaron dos habitaciones en un hostal del Poble Sec, uno de los barrios más populosos, en el que nació el cantante Joan Manuel Serrat. Las semanas transcurrían y nadie quería darles un trabajo.
“El dinero se nos terminaba y empecé a desesperarme. Fui a una organización humanitaria a pedir ayuda. Ahí conocí a una monja, que primero me regañó por haber venido a España de esta manera, pero después ella ayudó a mi esposa a conseguir un empleo como doméstica”, dijo Zambrano.
Poco después una empresa le ofreció un trabajo de vendedor ambulante y comenzó a recorrer las calles del centro de Barcelona ofreciendo gafas en días de sol, paraguas en días de lluvia, entre otros artículos de moda.
Fue entonces cuando llegó su cuñada que por propia sugerencia de Zambrano ya se había percatado de la alta demanda de empleadas domésticas en Barcelona.
Zambrano conoció a un español quien le ayudó con los papeles para residir legalmente y juntos instalaron el primer locutorio en Barcelona.
Fue a partir de ese primer negocio por 1999 cuando Zambrano ayudó para que sus familiares viajen a España, muchos de ellos empezaron a trabajar con él y después siguieron por cuenta propia.
“A la gente le ha ido bien y ellos han sido fundamentales en mi proceso de adaptación a esta sociedad. A mi familia le debo mucho”, afirma.
La estadía de los Zambrano por Barcelona no ha estado exenta de desgracias. Hace un año murió el primo Humberto Álvarez en un accidente de tránsito. Es el primero de la familia que descansa por estas tierras y al parecer no será el último, porque para ellos su querido y añorado San Vicente está cada vez más lejos.
“Al principio quería volver, pero ahora tengo mi vida aquí. Siete de mis nueve hijos se han criado aquí y dos son españoles. Amo a mi tierra, pero mientras más pasa el tiempo estoy más distante de San Vicente”, sentencia Zambrano con un dejo de melancolía, mientras descansa en el jardín de su casa junto a una réplica de la mesa donde estuvo el último viernes de 1996.