Luego, la muerte de miles de personas el miércoles de la semana pasada, en su gran mayoría chiitas, luego de una estampida causada por una falsa alarma de ataque terrorista, profundizó la desconfianza entre chiitas y sunitas, de por sí ya suficientemente exacerbada.

Por último, el creciente malestar dentro de Estados Unidos por la presencia de tropas norteamericanas en Iraq, en circunstancias en que se requerirán varios miles de millones de dólares para auxiliar a las víctimas del tornado Katrina –y quizás de tropas, para impedir desmanes y saqueos–, permite prever la posibilidad de que se adelante, al menos en parte, el retorno de la única fuerza medianamente capaz de poner orden en aquella antigua nación.

Nunca como ahora las Naciones Unidas –que desde el inicio debieron tener bajo su mandato la tarea de colaborar con Iraq para la solución de sus problemas internos, evitando la intervención unilateral de Estados Unidos– deberán interesarse en que la antigua Persia encuentre una salida a las gravísimas dificultades que enfrenta.