Solito se desata de pies y manos el prisionero que habíamos visto en la cuña de la “marcha blanca”. Ahora, es perfectamente libre para ir, si quiere, a tirarle piedras a la oligarquía, tal como propone la cuña de la contramarcha.
Porque la oligarquía es la que lo dejó atado en ese oscuro sótano, según proclama una solemne voz en off (y “ahora quiere amarrarte con otros lazos”, añade: marchas y protestas). La cuña del Gobierno, populachera y oportunista, juega a sacudir el avispero y poner cara de yo no fui.
Para eso, presenta a un fulano en guayabera (el recién autoliberado prisionero) que nos llama “primos” con exceso de confianza y repite –con un insufrible guayaquileñismo sobreactuado– los tres o cuatro lugares comunes más berreados sobre la oligarquía.
Voluntarioso mensaje nos trae esta cuña, pletórica de buenas intenciones: “no a la confrontación”. Qué curioso.
Si en realidad el Gobierno quisiera evitar la confrontación, se preocuparía por impedir la realización de dos marchas rivales en un mismo día, en lugar de limitarse a pregonar sus nobles propósitos por la TV. Ante el concretísimo temor de que la violencia se apodere de la ciudad el día de mañana, las palabras “no a la confrontación” resultan demasiado vagas e imprecisas. Por lo menos se podía haber dicho “no a los enfrentamientos”.
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Pero claro: no es para tanto. Basta con plantearlo así, a manera de recomendación. Al fin y al cabo, quien propone los enfrentamientos –y de una manera agresiva y directa– es la cuña de la contramarcha. Y como la contramarcha fue autorizada en Panamá (lo mismo que la cuña, evidentemente), no hay nada que el Gobierno pueda –o quiera– hacer al respecto. Nada sino lavarse las manos con una cuña de televisión oportunista. De labios para afuera dice: “no a la confrontación”. Lo que en el fondo quiere decir es: “mátense”.
















