A Cuenca han llegado algunas películas de jóvenes directores de Argentina, donde se está haciendo mucho cine y se está innovando el lenguaje, a pesar de la crisis económica. Es interesante constatar la obra de estos realizadores “temerarios”, que logran sacar sus proyectos con poca plata y sin afectar la calidad de su trabajo.

Pablo Trapero, el director argentino que vino a dar un taller de cine para universitarios, tiene treinta y tres años y ya lleva a su cargo varios cortos y tres largometrajes (Mundo grúa, El bonaerense y Familia rodante). Alejandro Fadel y Ezequiel Acuña, en sus veintitantos, han venido a presentar cada uno un largometraje.  Fadel compite por el premio de la sección Visión Digital con su película El amor, codirigida con otros tres jóvenes cineastas.  Acuña es parte de la Competencia Oficial con Nadar solo, exhibida también en otros festivales.

La noche del sábado 13, cuando Ezequiel Acuña presentó Nadar solo, preguntó al auditorio: ¿Por qué mientras en Argentina se hacen setenta películas al año, en Ecuador no se producen más de cinco? Creo que la respuesta es compleja y nos toca a nosotros.  Voy a intentar compartir mi análisis.

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En primer lugar, no hay escuelas. No hay escuelas de cine, enfocadas al cine y no a la publicidad o la televisión, donde los jóvenes aprendan a dirigir, a producir, a iluminar, a trabajar en el exigente, detallista, planificado y sacrificado proceso que significa rodar un largometraje.  No hay escuelas donde se estudie a profundidad, y exclusivamente, el estratégico e incisivo arte de contar historias por medio de un guión de hora y media de duración. Todavía no hay escuelas de actuación donde ser actor se mire como una carrera de investigación y estudio, dirigida no a satisfacer las demandas de una industria televisiva mediocre, sino a convertir la actuación en una profesión demandante y en una búsqueda existencial.

Por otro lado, tampoco hay una verdadera industria de cine.  Industria significa manufactura especializada, estrategias de producción, experiencia técnica, tradición.
Significa que si se necesita a alguien experto en fotografía en exteriores o sonido ambiental, uno tiene a dónde y a quién recurrir. Vemos que en Quito, con las producciones de Sebastián Cordero y Camilo Luzuriaga, con las distintas películas que se han realizado en los últimos dos años, ya se ha empezado a crear una industria.  Pero eso no sucede en Guayaquil y el resto del país.  Y aun en Quito, todavía falta mucho por hacer.

Tampoco hay fuentes de financiamiento y  recursos de producción.  Hacer cine es un oficio que cuesta dinero. 
Una película muy, pero muy barata, como Nadar solo, no dejó de costar $ 40.000 en Argentina.  Pero en Argentina, a diferencia de Ecuador, no solo hay escuelas de cine muy bien montadas –como el Instituto de Cine de Buenos Aires, de donde vienen todos estos realizadores–; hay también fuentes de financiamiento otorgadas por el mismo Instituto que, a su vez, recibe un presupuesto anual de la Tesorería del País destinado a la producción cinematográfica.  Y el Instituto no es la única opción, hay convenios y contactos con organismos internacionales que ayudan al financiamiento.

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No quiero decir con esto que hacer una película en Argentina sea fácil. Quiero reflexionar acerca de la producción en el país y entender qué pasa en países donde se hace más cine.  Hay también un gran elemento de decisión personal.  Ezequiel Acuña realizó Nadar solo a los veinticuatro.  Sin pensar si el cine le va a dar o no dinero, sin pensar en la comodidad de una profesión “segura”. 
Sostiene que “si te gusta el cine, es el cine. No es lo mismo la publicidad o la TV. La cosa es que no tenés nada seguro. 
Pero si estudiás leyes tampoco tenés nada seguro. Hacer cine es mi vida.  Es algo visceral, es hacerlo como sea”. 

Acuña va a quedarse un mes en Cuenca y desarrollar un taller de proyectos para infundir en los estudiantes la urgencia del cine.  Compara el ritmo de nuestra producción cinematográfica con el de nuestro fútbol: “Colombia y Ecuador juegan sin mirar los arcos, con toques de pelota de media cancha.  Falta una contundencia. La recta final de hacer algo”. Falta entonces una gran dosis de pasión personal, de osadía, quizás, de locura.