La mayoría de los habitantes de la zona está conforme con el reglamento que impuso el cabildo. Mariana Salazar, quien ha vivido en las escalinatas del cerro Santa Ana durante 54 años, señala que el “barrio está bonito, arreglado y, si es por nuestro bien, hay que aceptar las disposiciones del Municipio”.

No andar descalzo o sin camisetas por la zona, evitar que las mascotas ensucien el área restaurada y que los niños corran por las escaleras, no ingerir bebidas alcohólicas en lugares públicos, entre otras, son las regulaciones que impuso la Municipalidad a los habitantes del cerro con el fin de mantener una buena imagen del sector, convertido en área turística a raíz de su remodelación.

Si bien las normas incomodan un poco a Alexandra Coello, ella las acepta con resignación.

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A diario, sus hijos, sobrinos y vecinos juegan apretadamente en la pequeña sala de su casa. Ella siente que “los niños tienen poca libertad” porque los guardias no los dejan jugar en las escaleras. “Más arriba hay un parque pero es peligroso dejarlos que vayan solos, por eso prefiero que estén aquí”, dice.

Para César Avilés, de 65 años, “el 90% de la vida en el cerro ha cambiado: ahora hay más trabajo, seguridad las 24 horas del día y un mejor comportamiento de la gente. Ahora puedo vivir tranquilo”, menciona.

Carlos Flores también está de acuerdo con el cambio y las normas implementadas por la Municipalidad. Según él, ahora todos los ciudadanos “ven mejor al barrio”.

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“La regeneración ha ayudado mucho a esta zona, que además ha prosperado económicamente. Antes yo trabajaba para una empresa, pero pude independizarme y poner mi propio negocio aquí, en casa, y lo atiendo junto a mi esposa”, manifiesta.

Carolina Puga también se siente tranquila, afirma que desde que se remodeló la zona las cosas han cambiado “para bien”.

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“Cuesta acostumbrarse a todo, pero ahora con esas reglas creo que el barrio está mejor”, dice.

No obstante, para Carla Andrade, de 18 años, su vida no es la misma desde julio del 2001, cuando se inauguró la regeneración en la zona.

“Lo que me incomoda es que, por lo menos nosotros, no podemos tener mascotas porque nuestra casa es pequeña y sin patio, y como no puede salir porque ensucia las escaleras... Teníamos un cachorrito que regalamos hace tiempo a un familiar”, cuenta Andrade.

A sus 80 años, todos ellos vividos en el cerro, Ruperto Mendoza considera  que “todo sigue igual”. “Es mentira que hemos cambiado, todo está igual, seguimos en las mismas condiciones sociales y económicas, y yo conozco muy bien este barrio”, indica.

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Problemas con guardias
Si bien los habitantes del cerro Santa Ana se han acostumbrado a las restricciones que deben respetar, varios inconvenientes que algunas personas han tenido con los guardias que trabajan en el sector “vuelven tediosa la vida de todos”, comenta Augusto Espinoza de 25 años.

“Hace algún tiempo uno de los guardias le dijo a mi hermana de forma grosera que le baje el volumen al equipo (de sonido), y como yo no permití que le hable de esa manera se formó un relajo tremendo. Pero todos los vecinos me respaldaron”, refiere.

Marcela Domínguez también “se pasó de palabras” con un guardia debido a la forma en que le llamó la atención, “pero cuando le dije a su jefe lo que había pasado, me apoyó totalmente y lo amonestó”, destaca.