No tienen más de veinte años. Son raptadas y luego de ser violadas sus pezones son arrancados, sus órganos genitales mutilados y sus cuerpos sin vida son encontrados mucho tiempo después. Unos irreconocibles, otros sin rostros y otros sin el bebé que llevaban en sus brazos al momento del asalto. Se trata de trabajadoras sexuales, madres solteras o cantineras de la ciudad de Juárez.

Jóvenes a las que, aún después de muertas, no les han hecho justicia.

A lo lejos y sin mucha publicidad se oye que el Primer Tribunal de Conciencia sobre la Violencia y Discriminación hacia las Mujeres (Casos CD Juárez y Chihuahua) declara al Estado mexicano responsable frente a estos feminicidios y desapariciones de niñas y mujeres.

Que este jurado ha solicitado, entre otras, la separación inmediata del cargo de quien fuera Juez Cuarto de lo Penal por actos de discriminación en contra de una las víctimas, ya que negó la orden de aprehensión del supuesto agresor por tratarse de una sexo-servidora.

Asimismo, y sin mucha difusión, nos enteramos que según organizaciones civiles, en Nicaragua el presupuesto diario destinado a cada preso es de 50 centavos de dólar. Razón por la cual no hubo recursos para evitar la tortura de Wilmer González, joven de 14 años que fue condenado a tres años de cárcel por robar un reloj de veinte dólares. Fue llevado a una prisión para adultos y encerrado en un pabellón de menores por seis meses. A los dos meses, Wilmer aterrorizado por las violaciones, pidió a sus autoridades y al psicólogo que lo atendía, que lo saquen del lugar e intentó suicidarse dos veces. Al tercer intento, Wilmer se ahorcó.

En nuestro país, hay mucho que contar. Desde el hambre que generan los millones de dólares que se cruzan por negociados políticos hasta las impunidades más abominables. Atrocidades bien disfrazadas, pero que siempre acabamos por enterarnos de sus detalles y de sus autores. Así como casi siempre acabamos por hacer casi nada.

Contradictoriamente a esa indiferencia, reaccionamos –erróneamente– frente a grupos de derechos humanos cuando estos se alzan frente a estos crímenes.

Pensamos que solo son “abogados” de ladrones y prostitutas. Nos desembarazamos del tema, ya sea porque involucrarse puede mancharnos de un tinte político que no nos conviene, o porque no nos queremos ensuciar las manos en la tarea de hacer de este mundo, un lugar más justo y de iguales.

La proyección de las últimas doce horas de Jesús ha despertado conmoción, lágrimas, desacuerdos y hasta regocijo. Estremecedor resulta recordar, con todos los efectos especiales al servicio de los sentidos, cómo alguien soportó tanto dolor por nosotros.

Pero la Pasión no terminó. Vive en cada víctima de la injusticia y de la tortura; y nuestras lágrimas no son suficientes para ayudarlos. Se necesita más. Por ello, si para los creyentes, Dios está en cada uno de esos pequeños y estamos conscientes que nuestra pena no los salva, no les hagamos la vida más complicada a algunas “Verónicas” que están dispuestas a recibir el látigo del poder.