Una vez más, Lucio Gutiérrez se arrepiente de sus palabras. Esta vez, el arrepentimiento, quizás, deberá ir más allá de las palabras.
Anunció un cambio en su gabinete. No podrá ser un cambio de dos o tres fichas, las más “contaminadas” por desaciertos y rumores, ni podrá serlo en el mismo terreno.
Me parece que hay dos cosas que necesariamente tendrían que ocurrir si Gutiérrez quiere evitar por el momento su caída: una profunda desmilitarización del régimen, y un distanciamiento radical de todo lo que significa improvisación política, se llame parentela presidencial o militancia gobiernista. Si todavía hay tiempo para un cambio.
Parece evidente que el haberse rodeado de militares retirados ha tenido un doble efecto: ha evidenciado su incapacidad para administrar en democracia el Estado, habituados como están los militares a aplicar su voluntad personal sin discusión ni análisis; y el aislamiento que generan con respecto al resto de la sociedad, tanto la política como la sociedad llana.
Y cuando la relación con la política les rebasa, retornan al uniforme, al honor, a la gloria, a la tradición (militarista), como lo expresa una publicación que circuló el lunes pasado, adherida a los matutinos, en la que aparece Gutiérrez como el presidente, no de los ecuatorianos sino de las Fuerzas Armadas.
Lucio Gutiérrez ya no gobierna. Preside un conjunto atropellado de errores. Talvez ya no pueda gobernar. Y deba, simplemente, presidir una transición en la que recupere algo de lo que fue el origen de su éxito electoral: una renovación de la política.
Si es que aquello es posible, si existió algún indicio de renovación política por más allá de la alianza con Pachakutik.
Pero Gutiérrez ha perdido frente a los viejos partidos, a los que fracasaron en la última contienda electoral; y que han pasado, estos meses, esperando que “el cadáver del enemigo pase por delante de su casa”, ya sea desde una ambigua actitud crítica como el caso de la Izquierda Democrática, o desde una colaboración vergonzante y de bajo perfil en el caso socialcristiano.
Los viejos partidos que dominaban aún fragmentos locales de poder, perdieron en las presidenciales pero se mantuvieron en las legislativas, y se asentaron en el Congreso a esperar que algo ocurra, sin capacidad ni siquiera para ponerse de acuerdo en la elección de un Contralor General de la Nación.
Nada. Y cuando Gutiérrez amenaza con convertirse en ese cadáver político, parecerían entrampados –siempre en silencio, siempre con bajo perfil, siempre negándolo, en espera de que la coyuntura les abra un atajo– en la disputa por la sucesión, particularmente dos: la Izquierda Democrática y el Partido Social Cristiano.
La situación no puede ser más confusa. Un presidente que, talvez, ya no podrá poner en marcha ni siquiera un presupuesto, menos aún una reforma tributaria o un ajuste fondomonetarista.
Unos partidos que buscarán hacerse del Palacio de Carondelet entrando nuevamente por la puerta trasera.
Un tufo de “militar ofendido” circulando por las esferas del poder para volver más oscura cualquier transición.







