El observatorio del Instituto Geofísico, en Guadalupe, es el controlador más cercano del proceso eruptivo del volcán Tungurahua.

Cuando se tiene la idea de que un observatorio incluye varios departamentos con grandes equipos, donde corren de un lado a otro al menos una docena de geólogos, físicos y otros investigadores, esta se desvanece  al entrar al del volcán Tungurahua.

En una habitación de menos de 25 m2, solo dos personas –en cada turno semanal– realizan el trabajo, que si bien se apoya en datos técnicos que arrojan los sismógrafos y otros equipos de mediciones del Instituto Geofísico (IG) de la Politécnica Nacional, en Quito, tiene como aporte fundamental la observación personal del volcán.

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Los bramidos de ese gran monstruo natural, que el miércoles pasado se escuchaban con claridad, así como las explosiones, emisiones de gases con sus respectivas coloraciones se registran en un cuaderno, a manera de bitácora, que se suman a otros elementos en el análisis del escenario del volcán.

La información que se recoge en este sitio es considerada vital por la comunidad, especialmente de los poblados de las provincias de Tungurahua y Chimborazo, por lo que para ellos significa vivir en las faldas de un volcán en proceso eruptivo o tenerlo como vecino.

En este centro, situado en una vía de tercer orden, a medio camino de la carretera Baños-Pelileo, cerca de un caserío llamado Guadalupe, las actividades comienzan muy temprano. Todos los días, antes de las 07h00, el alcalde de Baños, Hugo Pineda, llama para conocer el estado del volcán. La información que obtiene la anuncia a la población.

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También suena el teléfono por las llamadas de periodistas de medios regionales y nacionales que solicitan datos, y del Instituto Geofísico, de Quito, cuando requiere confirmar o complementar los datos que registran los sismógrafos. El observatorio no labora en forma aislada, en la capital hay 30 personas, entre profesionales y estudiantes, que trabajan día y noche en la supervisión de los volcanes del país.

Las llamadas aumentan en los días que se escuchan estruendos, hay emanación de gases o vapor o caída de ceniza, lo que causa preocupación en las poblaciones aledañas al Tungurahua.

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“El número de explosiones y la actividad han disminuido en estos días”, dice Patricia Mothes, del departamento de Vulcanología del Instituto, al hacer una comparación con el escenario de la última semana de agosto.

Mothes, a quien le corresponde el turno esta semana, hasta mañana lunes, con su asistente el geólogo Daniel Basualto, considera que este periodo –uno de los más importantes del proceso eruptivo del volcán, que comenzó en septiembre de 1999– está concluyendo. Sin embargo, es el tercero que registra importante salida de energía en el 2003, a diferencia de años anteriores en que solo hubo uno significativo.

“Ahora comienza un periodo de calma y el conducto del volcán se cierra poco a poco, pero no necesitará tanto empuje para abrirse de nuevo, como el 20 de agosto pasado”, acota.

El conducto (canal que tienen los volcanes entre la cámara magmática y el cono, por donde salen los materiales a la superficie) comenzó a destaparse entre julio y agosto de 1999 por la fuerte emisión de gases, lo que en el futuro, con inyección de mayor volumen de magma y presión, esta puede llegar fácilmente a la superficie.

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Las erupciones del Tungurahua han sido cada 100 o 150 años. Las últimas registradas son las de los años 1540, 1650, 1770, 1886. La más reciente sucedió en menos de una centuria, en 1916-1918.

Observar este volcán, cuya erupción causaría efectos regionales, ayuda al estudio de los movimientos del Cotopaxi, que aunque no tiene el conducto abierto, en caso de explosión podría causar perjuicios al país.

“El Cotopaxi tiene un sistema de cámara magmática mucho más grande y los productos que lanza: ceniza y flujo piroclástico, podrían tener alcances nacionales”, dice Mothes.

Contacto comunitario
Al observatorio llega información de personas voluntarias, que habitan en sectores estratégicos como Pelileo, Cusúa y Cotaló, donde perciben las diversas emanaciones del Tungurahua.

Algunos moradores tienen en los techos de sus viviendas cajas para recoger cenizas, que luego los técnicos del observatorio miden. En base a ello calculan las cantidades que están cayendo.

Los especialistas también están pendientes de los lahares (flujos de lodo), como consecuencia de la erupción de ceniza que se mezcla con el agua de lluvias intensas, al bajar por las quebradas.

Con los equipos detectores de lahares, de tecnología avanzada, que están instalados en el sector desde hace dos años, se puede advertir más o menos el tiempo en que tardará en llegar un lahar y avisar a las autoridades para que cierren las carreteras o dirijan el tráfico hacia vías alternas.

Medir las aguas termales que bajan del volcán es un indicador complementario a la red sísmica y de información. La geógrafa Patricia Mothes compara esta actividad con los exámenes que se realizan las personas para descubrir alguna anomalía en su cuerpo.

La mañana del miércoles, Mothes acudió hasta el manantial El Salado, en la ciudad de Baños para medir temperatura, concentración de sales y acidez en el agua.

Aunque no hay un contacto directo del agua con los fluidos del volcán, los cambios en estos indicadores podrían determinar incluso el volumen de magma que estaría por ascender.

Ese día la temperatura estuvo en 48° C. Este dato, al igual que los demás que obtuvo, le revelaron que no hay modificaciones.

“El volcán es como una paciente que va a dar a luz, nosotros le hacemos exámenes y estamos pendientes de lo que le pase, pero el día que vaya a parir no lo sabemos”, dice Mothes, mientras guarda sus instrumentos al terminar los controles en el exterior.