La duda está en saber quién ha cambiado: la ciudad o tú. ¿Es la misma ciudad de antaño a la que recuerdas vagamente, con sus cuestas sinuosas y empedradas, su olor a lluvia, sus duendes, leyendas y secretos?

Se trata de un ejercicio riguroso, crítico, muy de ti mismo. Se trata de despojarte de prejuicios, escepticismos, desmemorias imprecisas, subjetividades colectivas, ligeras construcciones de mitos y antimitos que golpearon el corazón de esas calles que  siempre llevas dentro.

Por algún tiempo creíste que, aunque ya no estuvieses en ella, la ciudad seguiría siendo tuya  mientras allí permanecieran tus esencias, habitaran tus momentos, tus lugares, tus personajes, tus guerras, los amores y desamores que fueron construyendo lo que ahora eres como un ser humano con valores y contravalores.

Para ti la ciudad era una totalidad y de pronto, un día, fue solo memoria. Pero ya estás aquí, de nuevo, mirándola cara a cara.

Y ahora subes por la pronunciada escalinata de piedra y percibes tu regreso como un exorcismo, para recuperar algo de lo que dejaste cuando decidiste marcharte para ejercer tu derecho a la supervivencia.

Caminas por estas calles de pasado en busca de aquellos significados, como si La Compañía o San Francisco hubieran dejado de pertenecerte, de guardar los intensos símbolos de tu identidad.

Entonces, un lunes nocturno es bueno encontrarte con ella. Y estás sintiéndola extraña, casi deshabitada, casi solitaria, con atisbos de abandono.

O quizás no es ella, sino tú, quien desde la distancia extravió ese amor y dejó su corazón deshabitado, solitario y vacío.

Cinco años después de tu partida, esta noche empiezas a entender que la percibías con cierta indiferencia porque dejaste de creer en quienes la manejaban y miraste con impotencia a quienes quisieron destruirla.

Bajo una luna amarilla y coqueta, la ciudad te susurra y parece envolverte en la dignidad de su historia, sus misterios, tradiciones, raíces y batallas.

Caminas con un amor que de a poco vas reconociendo y sintiendo tuyo. Los claustros y los conventos y los portones y las callejuelas y las plazas y las piletas y los balcones te recuerdan quién eres.

Te muestran un espejo de guitarras, pasillos, arte colonial y Manuelas heroicas, combativas y enamoradas. Te envuelve el olor de bosque que baja de las montañas. Y aunque pronto te marcharás y la rutina de la supervivencia enfriará tu identidad, de nuevo Quito te habitará el alma para siempre.