Cuando escribo estas líneas, estamos a pocas horas del anunciado estallido de una guerra provocada por el ataque de EE.UU. a Iraq.
La globalización en que vivimos en este tiempo, y en la que tienen mucho que ver los medios de comunicación colectiva, que hacen de ella un espectáculo, determina que participemos del conflicto como algo propio, porque si bien estamos a miles de kilómetros del conflicto, lo sentimos muy cercano. Ya en la guerra del Golfo (1991) tuvimos esta experiencia dolorosa. Antes de que aquella empezara, en un mensaje patético dirigido al mundo, Juan Pablo II expresó: “La guerra actualmente es una aventura sin retorno, una espiral de luto y de violencia, una amenaza para las criaturas en el cielo, en la tierra y el mar”.
Para los cristianos, esta guerra tiene lugar cuando estamos celebrando el tiempo de Cuaresma, cuarenta días en el que recordamos de manera especial la muerte y la resurrección de Jesucristo; tiempo en que nuestra Iglesia medita en aquello que caracterizó la vida de Jesús: el amor entrañable con el que debemos amarnos los unos a los otros cualquiera que sea nuestra condición humana y que preferentemente debe beneficiar a los que más sufren: las mujeres, los niños, los jóvenes y el pueblo empobrecido como el de Iraq, que viene sufriendo un inmisericorde bloqueo desde la guerra del Golfo.
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La actual guerra tiene sabor a venganza; en el trasfondo se percibe el desquite de la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre del 2001, pero EE.UU. tiene en su historia el espantoso genocidio cometido en Nagasaki e Hiroshima.
La vida es sagrada. Toda vida, pero de manera especial la del hombre, hecho a “imagen y semejanza de Dios”. Nadie tiene derecho a quitársela a nadie. Y la guerra es esto: destrucción de la vida humana. Los cristianos creemos en un Dios y en su hijo Jesucristo, que quiso hacer de cada ser humano su templo, y que antes de quitar la vida a nadie, ofrendó la suya propia por todos.
Por eso, es que a la luz de nuestra fe, este enfrentamiento bélico en tiempo de Cuaresma, exige de quienes nos consideramos cristianos mucha oración y una preocupación sincera y profunda que se convierta en acciones concretas hacia aquellos que, en nuestra patria, están pasando momentos dolorosos por la falta de pan y de justicia.
¿Quién tiene la razón en el estallido de esta guerra que lo más seguro es que ocasionará innumerables víctimas tanto de militares, como de indefensos civiles? Solo Dios y la historia serán los jueces definitivos, como lo acaba de expresar Juan Pablo II.
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La Cuaresma es por excelencia tiempo de conversión.













