La tristeza no es una actitud cristiana. Quizás resulte inevitable padecerla unos instantes cuando el mal que la origina es el pecado. Pero incluso en este caso, la tristeza debe ser pulverizada cuanto antes con la fe, con el convencimiento de que Dios es nuestro Padre y de que busca siempre nuestro bien. Una tristeza aceptada (o lo que es peor, alimentada) viene a ser como un insulto a Dios.
Sin embargo, la alegría del cristiano, puesto que enclava sus raíces en la fe, requiere voluntariedad. Ante el mal de cualquier tipo –y más ante el que causa todo mal, ante el pecado– solo puede darse la alegría y la serenidad, “queriendo” tener fe: pidiendo a Dios la gracia de la paz y confiando más en sus promesas y en su omnipotencia que en las razones humanas.
Le cuento todo esto porque usted y yo, testigos de esta guerra demencial, debemos mantener la paz en nuestros corazones y transmitirla a nuestro alrededor. Y también porque cuando me acerco al evangelio del tercer domingo de Cuaresma, al que la Iglesia nos ofrece hoy, lo hago repitiendo una oración que le aconsejo: “Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, concédenos la paz”. Así comprendo a mi Jesús airado.
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Ha subido al Templo de Jerusalén. Se ha encontrado con los vendedores de animales a sacrificar y con los cambiadores de monedas a recolectar. Se ha indignado santamente al ver el Templo convertido en un negocio.
Ha cogido unos cordeles –quizás de los usados para atar a los irracionales– y ha fabricado un azote con ellos. Se ha encarado con los comerciantes y les ha mandado: “¡Quiten esto de aquí!”. Y como no se daban prisa en apartar sus mercancías, ha comenzado a actuar.
Los bueyes y las ovejas, arreadas por el brazo del Señor, han corrido atropellando todo.
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Las mesas de los cambistas, empujadas por los animales o volcadas por Jesús intencionadamente, se han quedado sin monedas. Desde el suelo, el oro ve volar a las palomas hacia el cielo. Y mientras tanto, retumbando como cañonazo inolvidable, la voz divina proclamó a la humanidad entera: “¡No conviertan en un mercado la casa de mi Padre!” (Cf. Juan 2, 13-25).
Estas graves palabras estaban dirigidas, ante todo, a los que profanaban el lugar sagrado. Pero también a cuantos intentaran convertir la religión en un negocio o conseguir supuestos intereses superiores colectivos.
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Estaban dirigidas a evitar la simonía (la compraventa de bienes espirituales) y a condenar la manipulación de lo divino con vistas a la fundamentación de una política católica “oficial”. Incluso estaban dirigidas a impedir cualquier posible enfrentamiento seudorreligioso entre personas, etnias o naciones.
Sin embargo, a usted y a mí –que conocemos nuestra condición de templos vivos de la Santa Trinidad– las palabras y los gestos del Señor nos dicen mucho más. Nos advierten que debemos arrojar de nuestra alma todo lo que la envilece.
Que no podemos resignarnos –sobre todo, cuando la Cuaresma nos insiste en que nos convirtamos– con tener un corazón en el que habiten bestias o monedas.
En fin, en estos días duros de la historia universal, las santas iras del Señor ante su Templo mercantilizado nos dan un específico mensaje: que no dejemos que esta guerra animalesca, con tanta sangre derramada innecesariamente, nos quite ni un instante nuestra paz.













