El magisterio esperaba un alza salarial, pero el Gobierno decidió no aumentar sus sueldos.

Sonia Bajaña y Ernesto Feres se miran fijamente antes de hablar: “Tenemos tres hijos, nuestros gastos son altos, alquilamos la casa y el último de nuestros hijos empieza este año la escuela”.

En un aula de clases sencilla, decorada con un crucifijo y el escudo nacional, los esposos Feres entregan conocimientos y valores a sus estudiantes. Para ellos sus alumnos son como sus hijos: motivo de orgullo. “Cuando entran no saben hacer ni una bolita y cuando salen leen, escriben, calculan”.

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El presupuesto de esta familia guayaquileña está limitado a lo fundamental, de vez en cuando, con cierto remordimiento, se permiten algún exceso como llevar a los hijos a algún restaurante de comida rápida o comprarse ropa en fin de año.

El anuncio de que una de las propuestas del presidente Gutiérrez es congelar los sueldos públicos, les congeló a ellos también las aspiraciones de ahorrar y tener una vida más holgada para compartir con sus hijos.

Hasta el martes estos maestros, que no habían recibido el sueldo de diciembre, tuvieron que prestar al padre de Sonia. Como los dos trabajan en el magisterio no tuvieron ningún ingreso ese mes.
El presupuesto de esta pareja es limitado.

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El sueldo les alcanza para sobrevivir, no para vivir; “vivir es otra cosa, dice Ernesto, “es poder aspirar a tener una casa propia, un carro”. Él dedica la mañana a una institución privada y la tarde a una pública.

Entre los dos, con tres trabajos, hacen 480 dólares mensuales que están gastados antes de cobrarlos en el banco. Ernesto enseña dos papeletas en las que están los valores que cobró el martes, “ella gana 183, yo, 204, cogí el trabajo en el colegio particular que me paga 80 para poder sobrevivir”.

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Sonia enseña las fotos de sus hijos y se le transforma el rostro. Ernesto, de 10 años; Desiree, de 9, y Derek, de 4, son el motivo de esta pareja para seguir esforzándose. Les quieren dar un buen futuro.
Juntos hacen más de 40 años dedicados a formar  ecuatorianos.

Están preocupados por el país que les tocará vivir a sus alumnos y a sus hijos, porque los gobiernos no “atienden a los pobres”.

Afuera suena el timbre que le indica a los niños que tienen que volver a sus aulas. A los Feres los esperan 20 pequeños para dar la lección.

Viviendo entre letras, matemáticas y “muchísimos consejos”, estos profesores quieren dar a su familia una vida digna, mientras forman, clase a clase, devotamente, a los futuros ciudadanos del país.

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