Los fieles que salían este domingo de la iglesia de Santa Catalina, colindante con la Basílica de la Natividad, en Belén (Cisjordania), confesaban con seguridad que este año pasarán “la Navidad más triste” de sus vidas.
“No puedo imaginar que haya algo que festejar aquí. Por un lado, no tenemos un centavo, y por otro, estamos psicológicamente quebrados por más de dos años de muerte y destrucción”, dijo Raghida Sarsur, palestina de 35 años, en referencia a la ocupación militar de Israel.
Usama Al Zughbi y su esposa, Mira, cuentan que incluso su casamiento, en junio pasado, estuvo marcado por la violencia. “Los soldados israelíes entraron a Belén justo después de nuestro matrimonio”, dijo Usama.
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“La nochebuena cenaremos los dos solos. Incluso sin árbol de Navidad. Mire a nuestro alrededor, no hay decoración navideña en Belén. La municipalidad está sin dinero y nadie tiene ganas de celebrar nada”, afirma Mira.
Pero, el ambiente festivo no está enrarecido solo en Israel, sino también en lugares tan lejanos entre sí, como Iraq, Venezuela, México, Argentina y Bolivia.
En Iraq, donde se teme un ataque militar de Estados Unidos, la minoría cristiana de más de 750.000 personas intenta festejar la Navidad, cuya decoración en las calles es “tímida” y tardó en aparecer.
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“Adaptamos nuestras estrategias de venta en función de las declaraciones estadounidenses, intentando prever si la agresión se realizará antes o después de Navidad”, declaró Sami, mientras limpiaba los mostradores de su tienda de la avenida Al Karrada, situada en el centro de Bagdad.
Pero en Venezuela, ni la estrategia de venta más eficaz puede evitar que bajo los árboles de millones de hogares hayan pocos obsequios, pues el paro general contra el Gobierno del presidente, Hugo Chávez, hizo que los centros comerciales y tiendas alrededor del país, cerraran sus puertas desde hace 23 días.
“Este año no hubo compras navideñas, no hay dónde adquirir los regalos”, dijo Félix Barrios, un taxista venezolano de 35 años, con dos hijos de ocho y cinco años.
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A Félix, la Navidad lo sorprendió sorteando las múltiples manifestaciones que se dan a diario en las calles de su país, tanto a favor como en contra del Gobierno y tratando de sobrellevar las ‘eternas’ colas diarias que debe hacer ya sea para retirar su dinero del banco, cargar el tanque de gasolina de su taxi o comprar alimentos.
Este año, los tradicionales bazares navideños de la plaza de Altamira, en Caracas, han cedido su lugar a un grupo de militares disidentes que se instalaron allí para protestar contra el Gobierno y en espera de la renuncia de Chávez.
En Argentina “cada año, las fiestas son peores”, según un desocupado llamado Luis, ex obrero industrial.
En un país donde el 53% de la población es pobre y donde el pan dulce es una quimera para miles de niños famélicos, las palabras de Luis parecen una realidad evidente.
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Sin embargo, en sus ojos brilla la esperanza cuando asegura que “a diferencia del año pasado, en que todos la pasamos llorando en soledad, este año por lo menos nos reuniremos todos en el local de la Asamblea. Cada uno trae lo que puede y el que no tiene nada, igual podrá comer”.
Mientras, en Bolivia, un auténtico desfile de mendigos indígenas provenientes de la zona de Potosí, a 4.000 metros de altura, también intentan sobrellevar las festividades, ubicándose en las esquinas céntricas de La Paz para pedir la limosna que les permita sobrevivir todo el año, pues según afirman, incluso la pequeña cantidad de dinero que recolecten será mayor de la que ganan cosechando la tierras.
Así, el espíritu navideño resiste los tropiezos terrenales, expresándose con tenacidad hasta en los bolsillos más despojados. Un ejemplo de obstinada persistencia son las decenas de miles de inmigrantes, residentes en Estados Unidos y Europa, que cruzan cada año las fronteras hacia sus países para reunirse con los suyos en Navidad. En el caso de los ecuatorianos se calcula que este año habrán enviado a sus familias alrededor de 1.400 millones de dólares, gran parte de los cuales se entregan durante las festividades de fin de año. Muchos vuelven a sus hogares con el dinero a cuestas, asumiendo el riesgo de los frecuentes asaltos de los que son víctimas.
En Colombia, la población también resiste los malos tragos. A pesar de que en los últimos días se desató una serie de atentados dinamiteros en las grandes ciudades que causaron la muerte de cinco personas e importantes daños materiales, las ventas han aumentado en relación al año pasado, cuando la crisis económica era más profunda y obligaba a una mayor austeridad.















