Lily es una de esas personas que una no olvida nunca. La conocí hace un par de años en una noche de tangos. Pequeña, delgada, briosa como un caballo, no llama la atención hasta que habla. Sentada al lado mío jamás la hubiera conocido si es que no se le hubiese ocurrido, cantante aficionada, cuando se habían agotado los artistas, salir desenfadadamente al ruedo a cantar uno de esos tangos profundos que no se sostienen si no es con una copa de vino y el corazón en los labios. Algunos comensales, varones, algo chispeados, sonrieron e hicieron bromas de tal osadía. Lily, con paso de gacela, como si en lugar de tener setenta y pico de años tuviera quince, soltó el micrófono para increparles hidalgamente que ella al menos se atrevía y que ellos aunque se morían por cantar nunca lo hacían. No fue más, un silencio respetuoso se instaló en el auditorio y pude escuchar un tango cantado desde el fondo del alma, con ganas y garra. Desde entonces nos hicimos amigas.
Lily Antepara Erazo es de aquellas personas que hacen pensar que el alma no tiene edad: vital, apasionada, gran conversadora, no se amedrenta ante el paso de los años ni tiene aquel miedo a la muerte que mete en confesionarios a los más viejos. Es más, se levanta con amor e inspiración cada día, muy de mañana, a caminar esas 27 cuadras que su formación de científica, pues es doctora en química jubilada del Leopoldo Izquieta Pérez, le dice que es saludable. Para ella la jubilación fue el inicio de una nueva vida en donde la jardinería, la pintura que comenzó como terapia contra el Guillaim Barré hasta convertirse en un oficio, los libros, los viajes y las amigas consumen todo su tiempo. Le encanta viajar y frente a otros que a su edad se atemorizan o lo hacen con una farmacopea ambulante, ella viaja “ligera de equipaje” en transportes interprovinciales acompañada de alguna amiga.

Lily sostiene convencida que la vida, aun con todos sus reveses, es un don maravilloso y que la verdadera felicidad consiste en dar y compartir; por ello desde hace más de 40 años, cada diciembre, viene elaborando un gigantesco nacimiento, con objetos sacados del antiguo almacén Lilita de su padre, el importador Arístides B. Antepara, en donde decenas de imágenes bíblicas se retratan elocuentes como si fueran esos antiguos cuadros medievales en que más que pintar se buscaba adoctrinar y en donde se puede encontrar el pueblo de Belén con sus habitantes y ver desde una guardia pretoriana romana hasta el castillo de Herodes pasando por pueblos, mercados y desiertos en miniatura, como si se hubiera empeñado en retratar el pasado. Este nacimiento lo prepara durante seis días rituales y luego invita a todos los que quieran verlo, en especial sus amigas, para compartir el espíritu de la Navidad junto con deliciosos bocados y coros navideños en donde ella se convierte en la primera voz y la directora al mismo tiempo.

Este nacimiento, cuya inspiración nació de uno expuesto en 1951 por Resfa e Ybrahim Parducci, lo hace con profundo amor, con el mismo amor con que pinta mariposas en sus cuadros y con el que se vuelca a explicar emocionada como una chiquilla acerca de la historia y del sentido profundo y cristiano de la Navidad.
En épocas como estas, llenas de consumo y materialismo, personas como Lily salvan y rescatan la frágil y perfumada esencia de la Navidad.