Como en Belén nadie les dio alojamiento, San José no tuvo más remedio que acomodar a la Virgen María en un sitio que nadie quería: en su lugar donde pasaban la noche los animales de un campesino.

Barrió con unas ramas secas el suelo, puso unas cobijas sobre la paja para que se acostara la Virgen, encendió un fuego y preparó algo de comida. Con el fuego también se calentó el ambiente.

Así San José, con las pocas cosas que tenía, poniendo mucho cariño, consiguió para la Virgen María y para el Niño Dios un sitio pobre, pero limpio y lleno de amor.

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Es muy fácil caer en la trampa de pensar que con lo que tenemos no podemos hacer bien las cosas, que si tuviésemos mejores juguetes, otros hermanitos o más dinero, todo iría muy bien. Cuando se cae en esta trampa, se vuelve uno envidioso. Entonces se empieza a pensar que a los otros hermanitos les tratan mejor o que les dan las mejores cosas y los dulces más ricos.

La envidia es muy mala. Fue la que hizo que Caín matara a su inocente hermano Abel en la primera familia que hubo sobre la tierra. Y Dios maldijo al asesino.

En el séptimo día de la Novena, nuestro presente para el Niño Dios puede ser contentarse con lo que nos dan y no tener envidia de ningún hermanito o amiguito. Cuando Jesús nos vea que nos parecemos a San José nos dará lo mejor: su cariño.
(Tomado del libro Novena de Navidad del padre Luis Martínez de Velasco)