El evangelio nos presenta hoy, en el postrer domingo del Adviento, el relato de la Encarnación del Verbo. Es decir, la narración del acontecimiento al cual apunta, con expresión del Santo Padre, la historia misma del mundo.

No sucede ni en Jerusalén ni en su sagrado Templo. Sucede en un desconocido pueblo de unos quinientos vecinos y en un hogar que sale a flote a fuerza de trabajo. No tiene por protagonista a una mujer de campanillas. Su estrella es una joven cuyo nombre era María, y que estaba desposada con José, un artesano descendiente de David.

Ciertamente el evangelio, al transmitirnos el saludo del Arcángel, nos informa de que aquella joven, la elegida por ser Madre de Dios, era la llena de gracia. Y también de que el celeste embajador se la encontró con Dios. Pero no nos proporciona más detalles. El entonces de la Anunciación fue tan normal, tan sencillo y ordinario. que no parece necesario describirlo.

Publicidad

El relato del suceso es delicioso. Nos permite vislumbrar con qué delicadeza recogieron los cristianos del comienzo las confidencias de la Virgen. Y con los  tres momentos que sostienen toda narración –planteamiento, nudo y desenlace– es perfecto en su estructura y en su ritmo. Se diría que su autor divino (el Espíritu de Amor) ha logrado que su autor humano (el médico San Lucas) escriba como un ángel.

Lo primero, después de la sorpresa que provoca San Gabriel, es la noticia del divino plan: “concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin”.

Se trata de la vocación de aquella joven preparada para ser Madre de Dios. Un llamado que incluía un cambio radical de planes. No solo porque su proyecto existencial (de acuerdo con su esposo San José) era vivir siempre virgen, sino porque implicaba una maternidad inexplicable.

Publicidad

Publicidad

Por eso preguntó con gran delicadeza aquella joven: “¿de qué modo se hará esto, pues no conozco varón? Y por eso San Gabriel, con alma y calma, le expuso los detalles: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo se cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios”.

Después del planteamiento, el evangelio nos ofrece el nudo del relato. “He aquí la esclava del Señor –responde la futura Madre– hágase en mí según tu palabra”. Comunica su disposición habitual (“la esclava del Señor”) y abraza su papel en la epopeya de la Redención (“hágase en mí según tu palabra”) con la fuerza de su ser lleno de gracia. Así concibe al Hijo del eterno Padre, por el Espíritu Santo, en mente, corazón y seno.

Publicidad

Por último el desenlace: “y el Ángel se retiró de su presencia”. Es breve pero expresivo: indica que encarnado el Hijo, el Ángel ya no tiene más que hacer (Cf. Lucas 1, 26-38).

Los tres momentos claves del relato –invitación de Dios, respuesta de la criatura y resultado– se repiten en mi vida y en la de todos los cristianos. No solo en su totalidad; también en cada uno de sus pasos.

Al invitarnos el Señor a hacer su Voluntad, la Anunciación del Ángel a María se eterniza de algún modo en cada una y cada uno. Y si damos la respuesta de María –“hágase en mí según tu palabra”– Jesús se encarna misteriosamente en nuestra vida. Nos hacemos parecidos a la Virgen.

Por eso el Ángelus de siempre, el recuerdo de la Anunciación en medio del trabajo, impulsa tanto al cumplimiento del deber.

Publicidad