El martes próximo estaremos celebrando una vez más el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios Creador del Universo, que escogió ser pobre por amor a los empobrecidos y para que reine la justicia en el mundo.

Frente a mi escritorio tengo un cuadro que presenta la primera fotografía de nuestra galaxia, publicada hace algunos años por la revista París Match, compuesta con una treintena de fotos enviadas por el astrónomo Guido de Marchi a los científicos del Observatorio del Cerro Paranal en Chile. En medio de un amasijo de millones de estrellas, la tierra aparece apenas como un punto casi imperceptible. ¿Cómo no pensar en el amor entrañable de Dios a nosotros manifestado en la Encarnación de su Hijo en este humilde planeta?

Junto al cuadro, pende una Cruz, que me obsequiaron unos exiliados chilenos. Si el Padre escogió lo más pequeño del universo para que su Hijo naciera en él; Jesús asumió la muerte en la Cruz, el tormento más aborrecible de su tiempo, para revelarnos el amor infinito que es la esencia misma de Dios.

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Fue una humilde aldeana de Nazaret la que concibió en su seno al Hijo de Dios, como lo evoca el Evangelio criollo argentino en esta bella composición; Nació en un hueco de olvido,/ pudiendo nacer con fama, jué recostado en la grama/ porque ni apero tenía,/ pudo ser reina su mama/pero jué mama María/.

Al comienzo de su misión, en la sinagoga de su pueblo Nazaret, Jesús, proclamó: El Espíritu del Señor está sobre mí,/ Por cuanto me ha ungido/ Me envió a traer la Buena Nueva a los pobres/ A anunciar a los cautivos su libertad/ y devolver la luz a los ciegos;/ A despedir libres a los oprimidos/ Y a proclamar el año de la gracia del Señor/ (Lc. 4, 18-19).

En el año 1962, el papa Juan XXIII inaugura el Concilio Vaticano II, declarando que nuestra Iglesia es la Iglesia de los pobres y que lamentablemente se había descuidado esta opción preferencial. Las repercusiones que tendrá su declaración serán enormes; sobre todo en nuestro continente la asumen numerosos cristianos y miembros de la jerarquía que denuncian a las oligarquías corruptas que dominaban a las mayorías empobrecidas. De aquí saldrá la Teología de la Liberación, malentendida por muchos y que, luego de las necesarias rectificaciones sugeridas, el Pontificado la reconocerá en todo su valor.

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La defensa de los empobrecidos dará lugar a que el martirologio de América Latina se vea enriquecido con la muerte de obispos, teólogos, catequistas, profesionales y humildes campesinos.

Cuando Juan XXIII, el Papa Bueno, expresó que nuestra Iglesia en su trabajo pastoral debía optar preferentemente por los pobres, no hizo otra cosa que ser fiel a las enseñanzas que Jesús nos dio con su Palabra y entregando su propia vida.

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En esta Navidad, que se las deseo feliz a todos mis amables lectores, no solo hagamos un examen de conciencia sobre nuestra actitud frente a los empobrecidos, sino que llevemos a cabo acciones concretas para aliviar sus sufrimientos. La Navidad es la fiesta del amor.