Desearía de corazón que las personas que hablan de los emigrantes, como una cosa rara, no lo hagan, pues no lo encuentro justo.
Emigré en el 93, apenas con 18 años, pero gracias a la buena educación que me dio mi madre supe comportarme. Pasé momentos duros, pero no puedo lamentarme; acá quien muere de hambre es porque quiere.
Son nuestros mismos paisanos los que no saben comportarse, dan espectáculos en los buses, incluso comienzan a robar.
Publicidad
Es difícil encontrar trabajo, por el mismo motivo; cuando yo llegué a Italia, los ecuatorianos éramos bien vistos, recuerdo que en los trabajos ni pedían recomendaciones; ahora, por las personas que no se han sabido comportar las cosas cambiaron.
Gracias a Dios yo encontré excelentes personas que me ayudaron y abrieron sus puertas en los momentos más duros, mientras quien ofreció el oro y el moro me abandonó. Supe ganarme la confianza y el plato de comida diario, porque donde ellos (familia Grillo Roccatagliata) yo no pagaba nada, me consiguieron trabajo y después mis jefes me tramitaron los documentos; poco a poco me organicé, con mi casa, estuve 3 años sola, hasta que conocí un joven que hoy es mi esposo, ahora me dedico solo a mi familia, no trabajo, y estudio. Traje a mi madre, mi hermano; mi madre trabaja, mi hermano labora en el día como chef y estudia por la noche; mi vida cambió por completo, sufrí por estar lejos de mi familia, pero Dios me supo recompensar, tuve deseos de superación, sin envidiar nada a nadie y sin hacer mal a nadie, por este motivo no veo justo que tantas personas acá se quejan siempre.
Judith Delgado
Génova, Italia
















