No se había analizado el arte nacional bajo las consideraciones de algunas de las teorías artísticas prevalecientes en el siglo XX, por lo que la exposición Expresión y forma en el arte ecuatoriano del siglo XX (antología) es, sin duda, el primer intento de establecer una visión distinta a las de carácter cronológico, sociológico y antropológico, generalmente utilizadas.
El hecho notorio de que el pasado siglo no fue solo el espacio de una abundante y variada producción, sino también de una rica apertura teórica en pos de interpretar lo pensado y lo realizado, creo que es uno de sus aspectos característicos. Otro es, en la práctica, el peso o influencia que algunas de esas teorías han tenido o tienen en el hacer productivo.
La visión de lo expresivo y lo formal son dos de estas apreciaciones. No son las únicas, aun cuando algunas de las teorías apunten al espectador como destinatario, como sucede con la interpretativa o de glosa de Jauss; o con las posibilidades comunicacionales de la obra en el caso de la de Eco, o con el proceso creativo de la obra desde su mismo universo interior, en el de la formatividad de Pareyson, para citar unas cuantas.
El predominio de tesis que vinculan el arte con los contextos han llevado a apreciarlo desde otros puntos de vista. Lo artístico –en valoración de estético– si no había sido marginado, al menos se había sopesado en función de otras vías. El criterio central radicaba en pensarse que lo estético era limitación, especie de camisa de fuerza para la producción creativa, cosa que considero errada, pues basta advertir que cada planteamiento que rechaza lo estético no hace sino sentar las bases para una nueva consideración estética, habida cuenta de que lo que se desestima es una apreciación de valor para entronizar otra y en lo posible distinta apreciación de valores.
En el campo literario la reacción ya se produjo a partir de los estudios de Harold Bloom y de Paul de Man que consideraban, sobre todo el primero, que era indiscutible la existencia de una normatividad (Bloom la denomina canon) que señala, acorde con el tiempo, una manera de hacer a la que responde una manera de leer y ver la obra de arte. Esto, que aquí llamo manera, es nada más que la existencia y reconocimiento –consciente o inconsciente– de ciertos presupuestos normativos que guían la producción artística.
Pienso que, en principio, estos diversos enfoques sobre arte son válidos y por tanto legítimos. No son excluyentes y tampoco definitivos, sino modos de apreciar la obra desde perspectivas distintas. Establecen otras posibilidades de ver y analizar lo realizado, con la conclusión de enriquecer –y conocer– más profundamente lo aportado por los artistas.
Dentro de estas posibilidades está la de descubrir hermandades a través de aproximaciones al margen de tendencias e incluso conceptos o el paso del tiempo. O de replantear la importancia de algunos artistas y ciertas obras de arte más allá de las circunstancias puntuales de su producción. La exposición del Banco Central cumple este cometido en su visión antológica al incentivar otras maneras de ver que, quizá, despertarán curiosidad y observaciones reflexivas sobre el acontecer creativo del siglo XX. Después de todo eso es lo que puede esperarse de una selección antológica.







