Como todos los años, escribo por Navidad. Iba a titular este artículo ‘A celebrar el cumpleaños’, pero me di cuenta que así sugería una idea distorsionada y reduccionista. No se trata principalmente de celebrar un aniversario más de un hecho histórico; ni el cumpleaños de un personaje que ya pasó. De lo que se trata es de celebrar la realidad inefable, transcendente e inmanente, de la segunda persona de la Trinidad Santísima, que irrumpe en la historia humana como Niño Dios, y que permanece con nosotros vivo y verdadero, de diversas maneras e inmutable, como expresa el Símbolo Atanasiano, una de las más explícitas profesiones de nuestra fe: “Es Dios, engrendrado de la misma sustancia del Padre, antes el tiempo; y hombre, engendrado de la sustancia de su Madre Santísima en el tiempo”.
La realidad de una persona que es Dios y hombre verdadero, choca con las limitaciones de nuestro intelecto, con nuestra experiencia cotidiana a ras de tierra, con las categorías de nuestra humanidad inserta en el tiempo y el espacio, en una situación perecedera e imperfecta. En primera instancia advertimos como antinomias irreconciliables lo que corresponde al ser humano y lo que es propio de Dios: lo temporal y lo eterno, lo finito y lo infinito, la potencia humana relativa y la omnipotencia divina. Puede parecernos hasta absurda la pretendida unión de esas antinomias. Sin embargo, a la luz de la fe que ilumina la razón lo entenderemos algo mejor, considerando que para Dios nada hay imposible. De allí que el mismo Símbolo Atanasiano declare con pasmosa sencillez lo que Cristo es: “Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios”. Y aclare más profundamente de seguido: “Uno absolutamente, no por confusión de sustancia, sino en la unidad de la persona”.

Ese Cristo Jesús es el Dios-con-nosotros ayer, hoy y siempre, también en este tiempo de Adviento en que nos aprestamos a celebrar, una vez más, el misterio de la Navidad. Él está con nosotros no de un modo poético o ideal, sino realmente. Está presente en la Sagrada Eucaristía, bajo las especies de pan y de vino, que podríamos físicamente ingerir, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad para nuestra común unión con Él. Está en el otro: en el hermano y en la hermana, especialmente en los moral y materialmente más necesitados, en todos, llamados a ser sujetos activos y pasivos del mandamiento nuevo del amor, que se ejemplifica en otro aparente absurdo y antinomia: el amor al enemigo. Está en lo más íntimo y esencial de nuestro ser, muy próximo pero como muy lejano, porque buscamos neciamente, como confiesa desgarradoramente san Agustín: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo”.

Este es el Dios-con-nosotros, que en Navidad se nos hace, en su pequeñez e indefensión aparente, como más humano y accesible.