Vox Populi, Vox Dei. La voz del Pueblo es la Voz de Dios. Esta expresión, muy conocida en la historia política de Occidente, es usualmente invocada en momentos como el actual, cuando la ciudadanía expresa directamente su voluntad en las urnas. La voz del pueblo es tan esencial a la democracia, que para entender su valor se la  compara con la voz divina.

Pocas veces quienes repiten esta expresión se detienen, sin embargo, a reflexionar en ella. Durante la Edad Media se aceptaba la tesis de San Bernardo de las dos espadas, la espiritual y la terrenal. El Papa era el depositario del poder espiritual y del poder terrenal. Sin embargo, para evitar mancharse de sangre con la espada del poder terrenal, el Papa delegaba temporalmente esta espada al Emperador. De allí que las ceremonias de coronación de los emperadores del Sacro Imperio Romano las presidía el Papa.

A medida que dicho Imperio se fue fragmentando durante el Renacimiento las familias reales de España, Francia e Inglaterra, principalmente, desarrollaron la idea de que su autoridad provenía directamente de Dios, por derecho divino, y no por la intermediación del Papa. La Revolución Francesa echó por la borda –y en algunos casos por la guillotina– esta pretensión y revivió el hasta entonces olvidado ideal ateniense de la democracia como el gobierno que nace del pueblo. Nada ni nadie estaría por encima del pueblo. Todo el poder derivaría de él. En adelante su voluntad en asuntos terrenales debía ser suprema.

La invocación a Dios tiene, pues, un giro muy claro. La voz del pueblo hay que respetarla en democracia como la voz de Dios en nuestra conciencia. Las religiones del mundo son muy exigentes con el respeto a Dios. La violación a esta obligación recibe los más duros reproches. Así, tanto blasfema quien adora a otros dioses como quien jura en vano su nombre. Ese respeto por la voz de Dios es el que en democracia se exige que se tenga por la voz del pueblo.

Decir que la voz del pueblo es la voz de Dios no se limita entonces a respetar los resultados de una elección. El asunto va más allá. Así como nos está vedado jurar en vano el nombre de Dios y estamos llamados a no adorar a otros dioses, no deben los políticos, una vez elegidos en las urnas, utilizar el nombre del pueblo para justificar las peores aberraciones o terminar sirviendo a otras voces que no sean las del pueblo.

Los ecuatorianos en los últimos años han sentido que su voz no ha sido respetada como la voz de Dios. Voces de otros ídolos han terminado reemplazándola. Unas veces han sido las voces del estatismo, del desenfrenado mercado, del regionalismo, del militarismo, de los intereses particulares. Otras veces han sido las voces del golpismo, del centralismo, de la demagogia, de la intolerancia y de los engreídos. Todas estas voces deberían ya apagarse para dar paso a la voz del pueblo. La voz de Dios.