Con la venia de ustedes les contaré una de mis costumbres y revelaré también algunos episodios de mi actividad como educador, a sabiendas de que estas experiencias, si bien muy personales, contienen temas y campos de acción comunes a un grupo de humanos muy grande: a los padres de familia, a los maestros y a los estudiantes de la provincia y del Ecuador. Con este exordio, vamos al grano.
- No sé cuándo, pero deben ser algunas décadas atrás, que mis educadores me indujeron a ser puntual: primero me convencieron sobre la bondad de la puntualidad, segundo me ayudaron todos los días con su ejemplo a saber en la práctica qué era eso de ser puntuales y finalmente, cuando me salía de la pista, a las buenas y también a las malas, me llevaron otra vez al redil de las almas que gustábamos de la diosa puntualidad. Esto lo debo a quienes me educaron, a una pléyade de varones salesianos, extranjeros unos, ecuatorianos los demás. Desde esos remotos días, sencillamente soy puntual. ¿Qué significa esto? Que el invento del reloj, artificio que traslada y encajona al tiempo en segundos, minutos y horas, valió la pena; que mis congéneres se sienten respetados por mí mediante mi presencia puntual a sus convocatorias o a través del inicio también puntual de aquellas programaciones que de mí dependen. Siempre he soñado con un Ecuador puntual, siempre he deseado un gobierno que quiera educar a su pueblo a través de la puntualidad en todas sus dependencias. ¡Qué fácil es, qué poco se requiere para esto!
- Los meses de agosto y septiembre son conflictivos para algunos padres de familia, para los estudiantes y también para las autoridades y maestros de una institución educativa. El panorama es el siguiente: por diversas razones, por causas conocidas o desconocidas, por motivos justificados o no, algunos estudiantes, en estos días ya tienen serios problemas para aprobar el curso escolar (por un rendimiento académico desastroso); otros deben cambiar de colegio porque su comportamiento se ha vuelto perjudicial para sí mismos o para la comunidad educativa. Esto produce un sufrimiento colectivo: angustia de los padres por la poca correspondencia a sus esfuerzos, dolor de los maestros por sentirse apenados porque sus desvelos de poco sirvieron y también pena o disgusto de parte de los protagonistas.
- En estos y casos similares, ilumino mis actos con estas normas:
Con enorme paciencia y con mucho afecto hay que corregir errores, mejorar resultados, obtener cambios de parte de los alumnos con la cooperación de los padres de familia.
Cuando esto no se alcanza hay que sancionar acorde con nuestras leyes y con el sano juicio.
Cuando luego de estos recursos humanos y educativos nada se alcanza y la presencia de algún estudiante se vuelve dañina para la comunidad educativa, entonces es indispensable precautelar el bien común. Las responsabilidades de padres e hijos, de maestros y alumnos, deben necesariamente ser compartidas; cuando uno de estos tres pilares no cumple con su cometido, el edificio se tambalea.






