Realizar operativos conjuntos sería una medida indispensable para combatir dicho tipo de comercio que ha llegado a convertirse en una verdadera plaga entre nosotros.
El desequilibrio entre la demanda y la oferta de trabajo ha creado el fenómeno económico de la desocupación, alcanzando proporciones de carácter endémico y proyecciones sociales inquietantes.
Es frecuente observar a ciudadanos que pudiendo y queriendo trabajar, no encuentran un empleo que corresponda a sus propias aptitudes, por lo que muchos de ellos se dedican –y no se justifica– a la venta de cosas robadas.
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Este tipo de acciones facilita el aprovechamiento de los efectos del delito en plano doloso y, desde el punto de vista doctrinario, constituye complicidad.
Nuestra ciudad presenta zonas perfectamente determinadas donde la reiteración del delito se produce en su más alto porcentaje, sin embargo las autoridades responsables del país no otorgan al problema de las cachinerías la trascendencia que se merece, ya que su explotación está protegida por intereses muy poderosos, bajo el amparo de una legislación permisionista.
Ab. Álex León Ramírez
Guayaquil
El sector de la calle Antepara desde Ayacucho a Manabí ha servido para que allí se concentren los cachineros, tan panas de los amigos de lo ajeno, y como mancha de aceite siguen avanzando hasta Capitán Nájera.
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Pero, ¡oh sorpresa!, mientras los amigos de lo ajeno tienen plena libertad para ejercer su comercio, los minoristas que hacen sus ventas de comestibles en el área de Pedro Pablo Gómez, Ayacucho, Antepara y García Moreno, son objeto de persecuciones y les clausuran las abacerías.
El Concejo dio plazo de seis a ocho meses para que se trasladen a la Terminal de Víveres, en el lejano Montebello, plazo que no se cumple, manteniéndose sin trabajo a cientos de familias, cargadores, vendedores ambulantes, etcétera.
Es plausible que se los organice, pero sin afectar económicamente a los pequeños comerciantes con más de 10, 15 y hasta 20 años de tener sus negocios de víveres en ese sector.
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Debe cumplirse el plazo que dio el Municipio, levantar los sellos de clausura y hacer menos difícil, menos duro, el tránsito al más allá..., en Montebello, que es como cambiar de vida y exponerse a la delincuencia que persigue a los minoristas sabiéndolos poseedores de algún dinero, producto del trabajo que comienza a las cuatro de la mañana y termina a las cinco de la tarde.
Además de organizar a estas personas, las autoridades deben darse un paseo desde Pedro Pablo Gómez hasta Huancavilca, por José de Antepara, para que tengan una idea exacta de lo que es la pestilencia, el amontonamiento de desechos putrefactos, suciedad en su máximo nivel, especialmente después de que los cachineros terminan su negocio a las 18h00.
Los peatones y conductores de vehículos están casi impedidos de pasar por ahí, o deben sortear los “negocios” (cachinerías) que cubren no solamente los portales y las aceras, sino la mismísima calle.
Todo el mundo tiene derecho al trabajo, siempre que no causen problemas a la mayoría.
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Las gavillas de “expertos en meter la mano a bolsillos” y los “hábiles saqueadores de vehículos” estacionados momentáneamente son un dolor de cabeza a diario, para quienes tienen la necesidad de ir a comprar alimentos en los pocos negocios que hay, porque como mencioné, aún siguen clausuradas muchas de las tiendas de ventas al detal o minoristas, que no tienen la misma consideración y valor electoral que los cachineros y los amigos de lo ajeno.
¡Hagamos Más Ciudad!
Guillermo Valencia León
Guayaquil














