Una vez más un presidente latinoamericano electo en las urnas ha debido abandonar sus altas funciones. Esta vez el drama tuvo lugar en la hermana Venezuela. Lamentablemente, el saldo en vidas humanas ha sido muy alto, a lo que hay que añadir el enorme costo de la convulsión social, que afortunadamente parece menguar en las últimas horas.

Cierto es que el coronel Hugo Chávez fue uno de los que más aportó para su propio fracaso y para el deterioro de la estabilidad política en su país. Su autoritarismo, sus intentos de amordazar la prensa, sus cuestionadas reformas políticas y sociales, así como su distanciamiento de importantes sectores de la sociedad civil, inevitablemente le restaron apoyo hasta que, al final, no tuvo otro camino que resignar.

No por eso Venezuela ha salido ganando de este capítulo de su historia que esperamos se cierre lo más pronto. Las instituciones democráticas salieron perdiendo, la legalidad del sistema quedó gravemente herida, y –lo más importante– se deterioró la confianza del pueblo en la idea de que los países sí pueden salir adelante dentro del orden y el respeto colectivos.

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Existe el anuncio de que se convocarán nuevas elecciones. Todo parece indicar que ese será el camino más adecuado para comenzar a restañar las heridas, alejando cualquier tentación de prolongar un poder de facto.