El país adoptó la dolarización luego de que la inmensa mayoría de agentes económicos llegó a la conclusión de que no existía ningún otro mecanismo que pudiese asegurar el fin de las emisiones inorgánicas, causantes en última instancia del azote de la inflación. La dolarización –más allá de cualquier otro inconveniente– impide ese pecado capital de los gobiernos de turno, actuando como camisa de fuerza para contrarrestar la tentación de cubrir el déficit fiscal con dinero sin respaldo legal.
El anuncio de que la próxima semana comenzarán a circular monedas norteamericanas de un dólar no contradice esta característica del nuevo esquema monetario. Se trata simplemente de reemplazar billetes por metálico a fin de evitar su deterioro en plazo demasiado corto.
Sin embargo, la ocasión es propicia para recordar que la acuñación de moneda nacional sería incompatible con la esencia misma de la dolarización. Más allá de la voluntad de las autoridades económicas de turno, abriría una brecha peligrosa. La camisa de fuerza se desgarraría, y pasaría a depender del arbitrio de unos pocos funcionarios cuya voluntad política, como bien sabemos, es siempre voluble.
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Que las autoridades económicas mantengan entonces su actitud disciplinada, resistiendo cualquier presión en sentido contrario.

















