Mostrar reverencia es manifestar consideración hacia alguien o algo. Durante siglos dicha admiración se expresó mediante una flexión de la pierna, protocolo que sigue imponiendo la Corte de Gran Bretaña. Felizmente, en el mundo actual, aquellas demostraciones de pleitesía se fueron al cuerno con sus secuelas de sumisión o servilismo. Sabemos que Su Majestad baja la válvula como cualquier robiñano, alberga en su abdomen un conjunto de vísceras susceptibles de provocar monárquicas flatulencias sin sordina, esporádicos estreñimientos.

Lo que más reverenciamos son atributos efímeros, méritos ilusorios, éxitos perecederos. El título de Don no elimina los borborigmos en el colon sigmoideo. Uso palabras técnicas, pues la forma de expresar conceptos es parte de lo que reverenciamos. Festejamos la caída imprevista, el tartamudeo inesperado, la metedura de pata inopinada. Nada tan glorioso como ver al rey perder su peluca, al canónigo de turno irse de bruces en plena ceremonia.

Porque reverente significa también ceremonioso, motivo pueril para zamparnos sesiones solemnes de tres horas, discursos de Fidel Castro largos como día sin pan. Nos hacemos gárgaras con palabras. Mientras unos desmenuzan la trillada “coyuntura”, otros descubren vocablos de aspecto pintoresco. Es así como mi viejo amigo Abdalá saborea con frecuencia el término “psicosomático”. Suena más imponente que la simple relación entre el cuerpo y la mente. Podría decir “somatótropo”, ya que estamos hablando de una hormona de la hipófisis de vital importancia para el crecimiento.

Todo aquello me tiene “torpigruchado”. Si no entienden esta última palabra, significa lo mismo que “bacenozoico”, término que cualquiera capta de inmediato. Los discursos constituyen la piedra angular de la verborragia (una hemorragia verbal). La perífrasis usada desde el siglo XVII por las “preciosas” permitió en nuestro tiempo llamar al disco “acetato moreno”. Introducir el esférico en las piolas significa marcar un gol. Mañana, a la hora de ir a la cama, podremos prosaicamente “meter la carne en el trapo”. En vez de miccionar, “cambiar de agua las aceitunas” lucirá como un verso de Becker.

Los aviones decapitaron las orgullosas torres, ridiculizando la palabrería. No es cuestión de brindar genuflexiones al cultismo sino ordenar la casa, sopesar nuestras lacras. Los humanos sepultan en jardines secretos sus más íntimas basuras. Jesusa, lavandera ideada por Martínez Queirolo, lee en las manchas de la ropa lo que la Guga Ayala no podría descifrar en el tarot. El vestido azul de Mónica Lewinsky tiene poco que envidiar a las máculas que pintarrejean nuestra alma como si estallase una epidemia de viruela en el zoológico humano.

Honro al perro capaz de dar la vida por su amo. Siento irreverencia por la truculencia, las ínfulas del homo sapiens. Tenemos todos de 6 a 8 metros de intestinos. A partir de ellos se inicia nuestra putrefacción emética (buscarán en su diccionario a tan poética palabra). De Onassis no queda siquiera la suela de un zapato. “Lo que se hace por amor siempre va más allá del bien y del mal”, decía Niesztche. Amar es empollar la esperanza; reverenciar es manosearla. No tienen valor físico las verdaderas riquezas.