Ciertamente, cuando arrestaron a su Maestro, sacó la espada e intentó, novato en el mandoble, resolver el problema por las malas. Pero se derrumbó cuando entendió que el hijo de Dios no estaba por la violencia.

Sin dar la cara, siguió de lejos a quien le había llamado para ser su roca; y poco más tarde, a la vez que injuriaban al Mesías, se tomó sus pueblerinas compensaciones junto al fuego, en aquella noche larga de corazones helados por la injusticia.

Vino la sirvienta y le comprometió con sus preguntas. Pedro, el pescador pescado, la piedra cimental de la futura Iglesia, como “una gallina”, negó tres veces su fidelidad; y solo concluyó su protesta de no alineamiento con el apresado, cuando el gallo, acusador irracional y reloj profético, terminó sus cantares.

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La suya fue una derrota grave. Su condición de escogido y los cuidados puestos por el Maestro en la formación de su Vicario, la hacían enorme. Tras su caída, todos los discípulos aprendían de la roca a convertirse en polvo cuando los compañeros de viaje no fueran milagros sino dolores. Cualquier amigo no le perdonaría.

Pero miró al Maestro y pasó al contraataque con las armas que deciden la suerte eterna: la humildad, el arrepentimiento y el propósito de no volver a las mismas. Y de aquel estercolero de vileza nació la fortaleza, regada con las lágrimas del miserable y asoleada por los rayos de la misericordia.

Lo verdaderamente malo es no levantarse tras la caída. Como todo, por monstruoso que sea, tiene arreglo si se vuelve a Dios, el gran objetivo diabólico es la desesperación a lo Judas. El desconfiar del perdón divino es el peor pecado. Es un insulto al cielo que cierra, mientras no se abandone, todo camino de recuperación. Es la tumba del alma.

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Pedro esquivó la trampa. Se abrazó de nuevo a su Maestro y regresó contrito a ser la roca. Trocó sus infantiles temores en varoniles valores, y fue lo que debía ser: el pescador de hombres y el pastor del rebaño. El fundamento humilde pero inconmovible.

Los seguidores de Cristo, con las negaciones y la victoria de Pedro, ya sabemos cómo nos quiere el Todopoderoso: débiles pero arrepentidos; miserables pero esperanzados; levantándonos siempre sin tardanza.