Un camino hacia una vida mejor depende fundamentalmente de nosotros, desde lo económico a lo moral. Si partimos de la creencia de que todos los actos humanos tienen consecuencias y que siempre parten de una intención, entonces, modificando la intención podemos impactar nuestras vidas y las de los demás de una manera distinta; no es otra cosa que trata la milenaria ley de la acción y la reacción. Podríamos preguntarnos frente a un nuevo Gobierno que se posesiona con renovados propósitos y una nueva visión de lo que es la prosperidad: ¿cuál podría ser nuestro deber? Plantearía algunas respuestas a ser consideradas.

Primero, hacernos responsables. Cada uno puede marcar la diferencia conectando su accionar en el rol familiar, empresarial, profesional y social con un propósito superior que impulse un mejor país. Estamos enfrentando una situación que amerita refrescar esta frase: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”, como en su momento y para su país lo hizo John F. Kennedy. La investigación titulada Imputabilidad, publicada por Carolyn Taylor, comprueba esta afirmación: poner la responsabilidad de cada una de las personas en el centro de cualquier organización es transformador.

Segundo, imbuirnos de positivismo. El Ecuador se ha vuelto más atractivo para la inversión y generación de empleos. La reciente Ley de Defensa de la Dolarización que independiza el manejo financiero de la política y fortalece el dólar es una excelente señal. Tenemos un presidente que ha puesto sus ojos en el sector privado como motor de la economía; las alianzas público-privadas ahora son más viables. El COVID-19 ha creado un sinnúmero de oportunidades de negocios en diversos sectores, después de la vacunación muchas industrias tendrán un importante rebote. Shawn Achor, famoso investigador de Harvard, comprobó que el 25% del éxito en el trabajo es basado en el coeficiente intelectual y el otro 75% es determinado por tus niveles de optimismo y la habilidad de ver el estrés como un reto. Es el momento para dar menos espacio al miedo y a la crítica sistemática y abrirnos al optimismo y al agradecimiento.

Tercero, dotarnos de generosidad. Según la Cepal, la cifra de pobres llega a 9,2 millones, es decir, más del 52% de la población o uno de cada dos ecuatorianos. Según la organización WWF, el 60% de los ecosistemas mundiales está degradado. Adam Grant, en su libro Dar y recibir, encontró que hay un ingrediente crítico pero que a menudo pasa desapercibido para el éxito: la generosidad con la que interactuamos con los demás. Todos tenemos la capacidad para escoger la conducta que mejor se adapta a las características del entorno, podemos hacer desde pequeños cambios de comportamientos en el día a día hasta innovar los modelos de negocios. A los CEO se les presenta la gran oportunidad de juntar el impacto social y ambiental con el crecimiento del negocio. La responsabilidad, el positivismo y la generosidad le darán un gran empujón al proceso de cambio. Es el momento de adquirir un firme compromiso ciudadano con el país. No deberíamos dejar solo al Gobierno en su titánico desafío, ¡su éxito es el nuestro! (O)