Alguien dijo, y con acierto, que la democracia es una conversación interminable en la que se tejen las finas urdimbres de acuerdos de convivencia, tolerancia y valores, e incluso las reglas y formas civilizadas para resolver las disputas. Eso sería la democracia si se la entiende más allá del electoralismo, lejos de la idea de que el sistema se reduce a la competencia por captar votos, hacer discursos, prometer paraísos terrenales, desacreditar ideas, inventar enemigos e inflar los egos de los candidatos a todo.

La “democracia de la mesura” ha sido desterrada del Ecuador y de América Latina ...prosperan los radicalismos...

Admitir ese concepto implicaría que volvamos por los fueros de la mesura y el equilibrio. Que hagamos un esfuerzo por entender que el “otro” no es enemigo del “nosotros”, y que el rival sí puede tener un adarme de razón y una pizca de sentido en lo que dice y propone, que la sociedad no puede vivir enredada en las crisis propias de las guerras civiles, donde prosperan el odio, los resentimientos, las descalificaciones y la afirmación tonante de los absolutos.

La “democracia de la mesura” ha sido desterrada del Ecuador y de América Latina. En circunstancias en que prosperan los radicalismos y las posiciones a ultranza, podría pensarse que sería una ingenuidad entender el sistema con fundamento en acuerdos mínimos, en tolerancias razonables y en límites que doten de racionalidad a la actividad política, y de decencia y responsabilidad a sus estrategias y discursos.

Cuando la desmesura, la corrupción y la intransigencia invaden la acción pública y ahogan la opinión, significa que la república no es posible. Y si gobernantes y opositores, izquierdas y derechas, no admiten la ponderación y el equilibrio, es evidente, entonces, que las instituciones son apenas la grotesca caricatura de lo que alguna vez se soñó como un régimen para conciliar la obediencia con la libertad, los derechos con las obligaciones y el poder con la responsabilidad. Y para hacer posible que la dignidad no sea solamente una palabra.

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Veo con lástima cómo la desmesura se ha impuesto, y que no hay espacio en el que reine la cordura; veo cómo se han liquidado la representatividad política, la prudencia mínima y el sentido común. Los extremos y los radicalismos se han convertido en pistola cargada, en el primer recurso y en el inapelable argumento para destrozar las instituciones en nombre de cualquier arenga. Me pregunto, entonces, si los agentes políticos creen, de verdad, en la democracia y en la racionalidad. ¿Creen en la mesura?

En poco tiempo se iniciarán las campañas para elecciones seccionales. Cientos de miles de candidatos se alistan para iniciar las carreras en pos de un retazo de poder. Será el escenario de la desmesura, el discurso estrepitoso, la promesa vaga, el descrédito del “enemigo”, y el momento propicio para fomentar aún más la discordia. Ojalá me equivoque, y si eso ocurre, será un honor y un compromiso rectificar esta apreciación.

Las desmesuras son una forma de radicalismo. Esas rutas solo conducen a la incertidumbre, a más odio y a la supresión de las libertades. Son los “caminos a la servidumbre”. (O)