El próximo gobierno tiene varias amenazas graves. De algunas se habla poco. Aquí voy a mencionar solo tres:

La primera es el legado venenoso que le han dejado la Asamblea y el presidente Moreno con el incremento no financiado del sueldo mínimo de los profesores. Calculan la cifra en tres mil millones. Tal vez no se recordaron de que “el sueldo mensual unificado está compuesto por los siguientes componentes: remuneración mensual básica, el funcional, la antigüedad, la carga familiar, la carga educativa, el bono fronterizo, el décimo sexto sueldo, el costo de la vida”, etcétera. Los maestros ganan según categorías, de la G a la A. En esta última, el básico es el de un empleado público 7. Los maestros exigirán que se les pague el incremento mínimo de mil dólares y los recargos según lo antes transcrito de la Disposición Transitoria Quinta del Reglamento de la LOEI, Ley Orgánica de Educación Intercultural. Es una carga que no tiene financiamiento, por lo cual esa parte de la ley es inconstitucional, y la Corte Constitucional podrá derogarla. Esta norma es obra de los peores legisladores que ha tenido la República y de un presidente que no ha actuado con la responsabilidad que le impone su cargo. Los maestros se merecen el mejor trato, ser bien pagados y apoyados en sus trabajos. Y es una ofensa para ellos haber dictado y aprobado una norma que no tiene viabilidad legal ni económica. Pero es una herida enconada que debe ser suturada a tiempo, mediante un diálogo urgente con los dirigentes del magisterio. ¿Por qué no hacer el incremento gradual y financiarlo adecuadamente?

La segunda amenaza está en los mandos medios de la burocracia. Ellos pueden entorpecer cualquier trabajo. Confundir papeles, atrasar trámites, enfermarse estando sanos. Puedo decir que el real poder de un gobierno está en esos funcionarios. El nuevo presidente y sus ministros se encontrarán con muchos burócratas, un gran obstáculo. Estos saben que los presidentes y los ministros se van, pero ellos se quedan. Mas, siendo personas, pueden ser convencidos de que deben apoyar al presidente en sus afanes de hacer un buen gobierno. Cuidado con la quinta columna, agazapada e hipócrita.

La tercera amenaza está en el mismo pueblo: cuando se inicia un nuevo gobierno, la gente piensa que su vida va a cambiar para mejor, que habrá trabajo, que los negocios fluirán, que tendrán techo los sin casa, que los servicios públicos mejorarán, que habrá buena salud y que todo el mundo se vacunará en un santiamén.

Es normal que la gente tenga esperanzas. También lo es que los gobernantes ofrezcan cosas que saben no podrán cumplir. Hasta los más serios son algo demagogos. Hay que ver qué deja el gobierno saliente, cuyo principal ha dicho que no hay mesa servida. Hay que esperar lo peor, contar con que la acción de un gobierno tiene confines determinados por el dinero de los impuestos y por el crédito exterior. Y, a fuer de ser sinceros, con verdadera honestidad intelectual, solo ofrecer, como lo hizo Churchill el 13 de mayo de 1940, cuando les dijo a los Comunes: “No tengo nada que ofrecer, excepto sangre, sudor, lágrimas y fatiga”. Pero no hay que perder la esperanza. (O)