¿Continúa la preocupación por el aborto? Sí, y de modo contrapuesto. Están los que defienden la vida de todos y los que excluyen a los no nacidos. Entre los primeros, destacan las organizaciones provida y la mayoría del pueblo cristiano fiel. Es natural que los cristianos verdaderos rechacen el aborto, ese acto de desamor de cargarse la vida de un ser humano aún no nacido al indicio de su existencia o al final de su recorrido uterino (esto debe llamarse infanticidio).

Tras la industria del aborto están fuertes intereses. Bajo el eufemismo “salud sexual y reproductiva” se esconde el aborto para que aparezca justificado, cuando en realidad es un asesinato. Miles de niños son asesinados cada año en el seno materno. El aborto no es salud, sino fuente de conflictos de muchas de las mujeres por la matanza de su hijo; a veces también con consecuencias físicas muy negativas y hasta fatales. El aborto lo defiende, contrariamente a sus fines teóricos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la International Planned Parenthood Federation (IPPF), que se forra con esa desgracia. ¿Qué institución defiende, firme, la vida? La Iglesia. Porque es un asunto humano y nada de lo humano le es indiferente. Está en el Concilio Vaticano II; en la Encíclica Social Evangelium Vitae; en el Catecismo de la Iglesia Católica (“no matarás..., no corromperás a los menores, no fornicarás..., no matarás al hijo en el seno materno, ni quitarás la vida al recién nacido”). No existe el derecho a decidir sobre la vida de otros, y la del niño nonato es otra vida, no la de la madre. (O)

Josefa Romo, Valladolid, España