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Es imperativo votar

Hoy son elecciones generales. La pandemia causa temor. Pero hay que sobreponerse. El destino suyo, lector, está en juego. Vote.

Hay dos tipos de electores: los entusiastas por un candidato, que ansiosos van a las urnas, estos son los menos; más son los que estiman que no hace mayor diferencia quién salga elegido. Como la elección no se decide por un solo voto, y dados los riesgos de la pandemia, mejor no votar. Lo racionalizan, indicando que no votar en febrero pero sí en abril significa solo dos meses sin el certificado indispensable para trámites.

Pero es un craso error. Se corre el riesgo de que salga electo un candidato que solo tenga apoyo de una minoría, con una propuesta inconveniente para la mayoría. Que el presidente sea alguien a quien usted, lector, nunca hubiera querido en la Presidencia. No votar hoy le pesaría en su conciencia al menos durante cuatro años.

Hagamos historia. Solía ser que elegíamos presidente en una sola vuelta. Los presidentes llegaban al poder con poca aceptación. En 1956 ganó Camilo Ponce, con 29 % de los votos y una microscópica ventaja sobre Raúl Clemente Huerta (liberal); el candidato que ganó en Guayaquil quedó tercero y el que ganó en Quito, cuarto. A Ponce se le reconoce haber sido un gran presidente, pero tuvo que hacer frente a una gran hostilidad popular, sobre todo en Guayaquil.

En 1968 Velasco Ibarra llegó a la Presidencia con solo 33 % de los votos, frente a 31 % del segundo y 30 % del tercero. Su posición minoritaria en el Congreso lo llevó a proclamarse dictador, y fue depuesto en 1972 mediante golpe de Estado.

Cuando retornamos a la democracia, para asegurarse de que quien sea electo presidente tenga aceptación mayoritaria, la Constitución dispuso la elección a dos vueltas. Pero el sistema tiene una falla: no requiere 50 % de los votos válidos, sino que permite elegir presidente en primera vuelta con 40 % de los votos válidos y 10 puntos sobre el segundo. Si muchos electores se abstienen de votar, alguien puede llegar a la Presidencia con el apoyo de un grupo minoritario de entusiastas seguidores a pesar de no ser grato a la mayoría.

Hagamos números. Hay 13 millones de empadronados. Supongamos una gran abstención, del 30 % (en la primera vuelta de 2017 la abstención fue 18 %). Si los nulos y blancos suman 10 % (como en 2017), el 40 % de los votos válidos es 3,3 millones, el 25 % del padrón. Un candidato podría ser electo presidente en primera vuelta, aun si es del desagrado del 75 % del electorado. El objetivo de las dos vueltas, que el presidente surja de la aprobación de una mayoría, queda desvirtuado por el ausentismo.

Pasó en Estado Unidos en las elecciones de 2016. Donald Trump ganó porque sus entusiastas seguidores se volcaron a las urnas, no así los simpatizantes de Hillary Clinton, que eran más. Para las elecciones de 2020, los efervescentes votantes por Trump crecieron en número, 11 millones más, pero en esta ocasión los demócratas, que resintieron el gobierno de Trump, fueron a votar masivamente, 15 millones más, y Biden ganó contundentemente.

Hoy Ecuador necesita un fuerte liderazgo que lo saque de la crisis y que la propuesta del nuevo Gobierno sea aceptable para una mayoría, no solo para una minoría efervescente. El destino del Ecuador está en sus manos, lector. A las urnas, ya. (O)

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