La noche del 2 de marzo de 2014, cuando Paolo Sorrentino subió al podio, pensaba en sus dioses. Era la 86ª edición de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Su cinta, La gran belleza, había ganado el Óscar a la mejor película en lengua extranjera. Emocionado, el cineasta agradeció a sus fuentes de inspiración: Federico Fellini, Martin Scorsese y Diego Armando Maradona. La historia de Sorrentino con el astro argentino es luminosa y trágica. A sus 17 años decidió ir a ver un partido de Maradona, que jugaba en el Nápoles, en lugar de ir a una casa en la montaña junto a sus padres. Ese día, el que años después se convertiría en uno de los directores de cine más grandes de la historia, perdió a sus progenitores por una fuga de gas. Maradona, que para muchos ya era un Dios, le había salvado la vida.

Maradona pertenece, sin embargo, a la categoría de los dioses griegos: eran dioses, sí, pero esa condición no les libraba de los defectos humanos, de la vanidad, de los sentimientos y actos más oscuros, de la tragedia. No comparto la pasión por el fútbol. Pero tengo, sí, pasión por las mitologías y los crepúsculos de los ídolos. El luto doloroso o los ataques que, a partir de su muerte, ha recibido, sólo confirman su condición de divinidad: a toda deidad le lloran sus fieles, toda deidad tiene sus ateos, toda deidad es una esperanza o una aberración. Dice San Agustín: “Nadie niega a Dios, sino aquel a quien le conviene que Dios no exista”. Maradona, ya lo han dicho, encarna todos los estadios del ser humano: la alegría, la victoria imposible, la certeza de que somos capaces de absolutamente todo. También encarna la disolución, las adicciones, la irresponsabilidad manifiesta, la violencia de género. Es el triunfo y la más brutal de las derrotas. Es el derrumbe de un héroe que no puede salvarse. Quizá en el sufrimiento que sintió y que causó, dirán sus fieles, consta, también, la idea del sacrificio, del padecimiento, de la cruz.

En 2015, Sorrentino sacó otra obra maestra. La película Youth (Juventud). Aborda las vacaciones finales de un aclamado director de orquesta (Michael Caine) y un director de cine (Harvey Keitel), ambos retirados, a un resort para famosos en los Alpes suizos. El arribo de Maradona (el actor que lo encarna es Roly Serrano) es decadente y sublime. Su cuerpo, obeso, ya es sólo las cenizas o las ruinas del cuerpo mitológico que en 1986, durante el Mundial de México, vengó a la Argentina y humilló a uno de los imperios más poderosos de todos los tiempos. Nada de eso queda en el ocaso del cuerpo. Es sólo un resplandor. Un recuerdo. Pocas tragedias pueden ser más oscuras que la de ser un dios. Un dios humano. Un dios mortal.

En The New Pope, la serie genial y maravillosa de Sorrentino, el cardenal Angelo Voiello, secretario de Estado de la Santa Sede, le confiesa a un policía que, en efecto, insultó al dueño de un restaurante porque este dijo que Maradona todavía se drogaba. Y su eminencia, miembro del Colegio Cardenalicio, le respondió: “¡No te atrevas a tomar el nombre de Dios en vano!”. El 2 de mayo de 1982 Margaret Thatcher ordenó que uno de sus submarinos nucleares hundiera el Buque Belgrano en la guerra de las Malvinas. Perecieron 323 tripulantes, casi la mitad de las 650 bajas argentinas. Cuatro años después, un muchachito de 25 años, que había nacido en un barrio alejado del Gran Buenos Aires, hijo de las clases medias, le devolvió la fe al único país de Sudamérica en donde los humanos, por aclamación o apoteosis, se transfiguran en dioses. Dioses griegos, contradictorios, geniales, crueles, o trágicos. Evita o el Che. El único dios puro del Olimpo argentino: Charly García. Aquel 22 de junio, en el Estado Azteca, un gol que fue un milagro, y otro que fue el del siglo, reivindicaron espiritualmente a todo un continente precario.

Su salida del mundo fue como su vida: en medio de un griterío, de pasiones, de odios y de llantos. Borges, en un arranque premonitorio, prefirió morir en Ginebra y no bajo el fervor de Buenos Aires, pues no quería que su muerte sea un espectáculo. Una y otra vez lo repiten: gran futbolista, mal ser humano. Ruedan por las redes sus fotos con Maduro y otros dictadores abominables. Sus fotos con adolescentes desnudas. Nada justifica sus errores. Nada, tampoco, borra sus aciertos. Casa Rosada de luto. La bandera albiceleste a media asta. Tangos. Alfajores. Un mate para no morir de pena. Su voz, quebrada, en el discurso “La pelota no se mancha”. Ícono del patriarcado y de las masculinidades tóxicas y violentas. Silencio cósmico en los estadios en donde jugó. Dice Carolina Sanín, escritora colombiana lúcida, que hasta Aquiles le concedió a Príamo una tregua para los funerales de Héctor. Otras feministas piden no entregar a Maradona al patriarcado. Él también tuvo que padecerse. Los dioses pueden ser grises. Era el muchachito de 14 años que no concebía su vida sin patear una pelota. Luego fue, miles de veces más, ese muchachito, en tantos países, en tantos tiempos. Un sueño. Una ofrenda. La fama. La gloria. La autodestrucción. La Copa del Mundo. Los dioses siempre desconocen su propio destino. Por eso mueren. Por eso no mueren. Decía Ernesto Sábato: “Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia”. (O)