Hasta el momento es la última novela del prolífico escritor Rafael Lugo: 207. Se trata de una historia en la que el escenario prevalece, Quito se yergue magnífica o monstruosa opacando a los desesperados personajes. Entre los importantes hallazgos de este libro está un inusitado leitmotiv: los árboles de magnolia, en esta ciudad tan poco amante de los árboles. Ignacio, uno de los protagonistas de 207, se plantea una utopía botánica en un terreno cercano: “Quiero que esa tierra de árboles sea el lugar donde puedas llevar a pasear a tu hija... Quiero que te diga: ‘Este es un cholán; esta es una magnolia; ese, un molle; este, que se desprende como un pedazo de papel, es un polylepis; este es un jacaranda; un sauce, un molle, no, no, un sauce, ¡es que se parecen!; este es un platanero’. No sembraré ceibos, que son hermosos y enormes, porque tienen espinas”.

Los novelistas suelen caer en la tentación de realizar lo que sus personajes hicieron en ficción. El relato es siempre una mezcla de ilusiones y experiencias. Lugo ama los árboles, es un activista de la forestación urbana. En los años recientes ha dado rienda suelta a su fijación por los arupos, el bellísimo árbol ecuatoriano que en la estación seca pierde todas sus hojas, para dar paso a una asombrosa floración que lo transforma en una nube rosada. Así ha organizado varias veces el concurso Rey Arupo, que premia la mejor imagen de un ejemplar de esta singular especie. Pero ha ido más allá, propuso al alcalde de la ciudad que permita plantar un bosque de arupos y de otros árboles florales en el relleno del sector El Trébol, un horrible espacio pelado que quedó luego de remediar un hundimiento junto al río Machángara. Jorge Yunda no se hizo de rogar y facilitó el pedido del escritor, quien se puso manos a la obra, con mingas, como debe ser.

El generoso activismo de Lugo debe inspirar una nueva actitud de la ciudad, del país, hacia el árbol. Hace unas semanas hablábamos del “derecho a la belleza”. Este es un excelente ejemplo de ello. Los ciudadanos tenemos derecho a vivir en espacios no solo limpios y seguros, sino también bellos. Esta es una clara manifestación del derecho esencial a buscar la felicidad. Las ciudades arboladas no solo que son más hermosas, sino también más saludables y, como se ha probado en repetidos estudios, más seguras, pues la delincuencia se potencia en ambientes feos, en los que la esperanza parece perdida. En cada ciudad y población del Ecuador hay una especie de árbol que se llena de flores en determinada época, deberían rivalizar entre ellas por cuál es la más florida y todas tener una fiesta consagrada a celebrar la floración de la variedad que ha escogido. Japón vende sus cerezos, Sudáfrica sus jacarandas,... Estas no solo son poéticas alucinaciones de escritores y artistas, sino que pueden convertirse en atractivos para el turismo, con la consiguiente prosperidad que trae esta actividad.(O)