Nuestro invitado

Los problemas que aquejan al Distrito Metropolitano de Quito son múltiples y de variada complejidad. Los capitalinos identifican a la inseguridad, desempleo, inmigración, movilidad y tratamiento de la basura como temas de especial interés y preocupación, al tener estos una mayor repercusión en la calidad de vida de una urbe que concentra a más de 2,7 millones de personas, superando actualmente en población incluso a Guayaquil.

Frente a esos y otros desafíos que son propios de una convulsionada sociedad de masas, el ciudadano lo que espera de sus autoridades, representantes y clase política en general son respuestas oportunas y efectivas a las dificultades, con base en el análisis y estudio responsable de la realidad y de sus alternativas de solución, siendo condición sine qua non someter el interés particular al bien común, lo cual implica gestionar adecuadamente –a decir de Boaventura de Sousa Santos– la evidente tensión dialéctica “entre regulación social y emancipación social”.

Pero en Ecuador, donde la clase política debe ser una de las más pobres de la región en términos de calidad, predominan pronunciamientos o decisiones apresuradas o revestidas de populismo y demagogia descarada, encaminadas a cautivar a un pueblo incauto y desmemoriado, en el propósito de obtener la adhesión popular.

En este escenario tragicómico llamó profundamente la atención que Jorge Yunda, alcalde electo de Quito, sin sonrojarse siquiera, y por sobre las verdaderas prioridades que tiene la comunidad, por ejemplo, se haya manifestado partidario de trasladar el estadio Olímpico Atahualpa hacia la Mitad el Mundo y hacer coincidir el centro de la cancha de fútbol con la latitud cero, lo cual convertiría a este escenario deportivo, según dice, en un potente imán para el turismo (¿?).

Asimismo, y con la mayor soltura de huesos, Jorge Yunda ahora plantea la idea de implementar la “hora borojó” y con ello dar vida a la capital de los ecuatorianos: 24/7, en reemplazo de la “hora zanahoria”, lo cual se traduciría en la ampliación del horario de atención, de lunes a domingo, durante las 24 horas (y no con el límite actual establecido de las 2:00 a. m.), para los locales de diversión, discotecas, restaurantes y bares. Según el proponente, convertir a la Carita de Dios en una urbe que no duerme nunca, al igual que otras metrópolis latinoamericanas, conllevaría estimular a la industria sin chimenea.

Convertir a Quito en una ciudad noctámbula podría en principio asumirse como una buena opción para activar una economía local marcada por el desempleo, sin embargo, anular la “hora zanahoria” sin estudios que lo respalde, implica desconocer que la degradación de la vida que trae consigo la sociedad masificada podría acentuarse con el relajamiento de los horarios para la diversión nocturna, en tanto va conectada a aspectos como inseguridad, muertes violentas, venta de droga, prostitución, aumento en el consumo de licor y con ello mayores índices de accidentabilidad.

Debemos tener presente que la vida no siempre es un carnaval. Al menos una voz sensata como la de María Paula Romo, ministra del Interior, ha dejado en claro que hay que robustecer el modelo de seguridad ciudadana y con ello la necesidad de estudiar con más cuidado esta propuesta que pone a elegir entre la zanahoria y el borojó. (O)

* Economista