Consigna: violar

20 de Enero, 2019
20 Ene 2019
20 de Enero, 2019 - 00h00
20 Ene 2019

Me niego a acoger el concepto de “cultura de la violación”. Estoy acostumbrada a utilizar la palabra “cultura” en su sentido sociológico como conjunto de modos de vida y costumbres, como conocimiento y grado de desarrollo artístico y científico de un momento dado, como vía de expresión del juicio crítico propio. No entra por tanto en él la asociación con el acto bárbaro y arbitrario de tomar sexualmente el cuerpo ajeno.

Pero hemos llegado al punto de tener que contar con ese atropello –preferentemente realizado con las mujeres– como hecho frecuente, convertido en noticia en el mundo entero, en lo que solamente es una visualización de un crimen que los varones han cometido con diferentes fines a lo largo de la historia. En tiempos antiguos la mujer era botín de guerra y se tomaba junto con las riquezas del perdedor. El gran Platón pedía una república en que las mujeres fueran de todos y los hijos del Estado. Para algunas religiones orientales, el cuerpo femenino debe ir cubierto para no despertar el deseo de los hombres. Estos son escasos ejemplos de costumbres que plantearon abiertamente la superioridad de los derechos y valores y masculinos.

En la medida en que se concentró sobre la mujer virtud máxima y potencialidad pecadora junto a inferioridad y debilidad, se irguió fuerte el patriarcado: el hombre debía cuidar y mantener sujeto a ese sexo que minaba su propia tranquilidad al inspirarle la transgresora concupiscencia. El sentido del honor del hombre y de una familia se concentró en el terreno movedizo de la virtud femenina. Por eso, en El alcalde de Zalamea, famosa obra de Calderón de la Barca, la hija burlada por una autoridad, le implora a su padre: “Máteme, he sido violada, he manchado su honor”.

Los siglos no civilizaron los comportamientos violentos como para eliminar el asalto sexual a las mujeres, todo lo contrario. Se usó como arma de guerra. Todos podemos recordar que las alemanas guardaban hojas de afeitar y pastillas de cianuro ante la llegada de los rusos a Berlín, en la II Guerra Mundial, y que las violaciones grupales realizadas ante los maridos de las víctimas, eran consignas cumplidas al pie de la letra en las guerras Bosnia-Herzegovina.

Los hechos ocurridos en Quito contra la mujer que se identifica como Martha remecen los puntales del Ecuador por muchas razones. Nos ponen en la lista de la barbarie de género contra la que lucha –principalmente– el lado femenino del mundo, que parecería ser el más sensible ante este desequilibrio social, aunque también cuenta con varones conscientes. Violar sexualmente a una mujer es un crimen que no tiene justificación posible, que jamás puede atribuirse a provocación, ligereza de conducta o situaciones de riesgo. Necesitamos a gritos una educación que elimine de la cabeza de los hombres la potencialidad violadora, la más mínima inclinación a tomar sin pedir, a proyectar palabra, mirada o gesto que lesione la libertad de niños y ciudadanas. ¿Acaso eso no es la educación con conceptos de género? Se podría argüir que el alcohol tempranero y el consumo de drogas obnubilan a las nuevas generaciones. No es tan simple, muchos parecerían haber heredado una consigna atávica: violar. (O)

Consigna: violar
Consigna: violar
2019-01-20T00:00:50-05:00
El Universo

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